El perfecto idiota norteamericano
Por Jaime Bayly
El Nuevo Herald
Hace ocho años voté por Bush. Me parecía que Gore era soso y aburrido y que había cierta justicia en que Bush vengara la derrota que su padre había sufrido ante Clinton y Gore.
No tardé en arrepentirme. Aquel voto por Bush fue la prueba definitiva e irrefutable de que yo era un idiota peligroso y sin cura. En efecto, fui uno de esos habitantes de la Florida que, demostrando que el sol hace daño, le dimos el triunfo a Bush. Sé que merezco un castigo. Ya Dios se ocupará de ello. Después de todo, es su oficio.
Años después conocí a Gore en unas conferencias pintorescas (y muy bien pagadas) en Guayaquil y le dije que había votado por él y que debía volver a ser candidato. Me agradeció secamente. Su esposa Tipper me trató con más simpatía. Le dije que era dueño de un hotel en Machu Picchu y que estaban invitados cuando quisieran, lo cual por supuesto era mentira, porque el hotel no era mío sino de la familia de mi esposa y yo no lo había visitado nunca porque la familia de mi esposa me detestaba y no sólo no dejaría entrar a un invitado mío sino que tampoco me dejaría entrar a mí. Tipper me creyó, apuntó mis teléfonos y por supuesto nunca me llamó.
En las siguientes elecciones no dudé en votar por Kerry. Lo hice a pesar de que en una ocasión agentes del servicio secreto me impidieron trotar por una calle adyacente a su mansión de Georgetown, interrumpiendo mis ejercicios aeróbicos y conminándome a mostrarles unos documentos de identidad que no llevaba conmigo y burlándose cuando les dije que era peruano y profesor de literatura por un semestre en la universidad de los jesuitas. Lo hice porque pensaba que Bush era muy incompetente, porque no me parecía razonable invadir un país para derrocar a un dictador e implantar a sangre y fuego la democracia (un modo de exportar la democracia que ponía en entredicho su proclamada superioridad moral) y porque me parecía injusto pagar mis impuestos para que los iraquíes se comportasen como suizos, cuando no parecían interesados en comportarse como suizos sino en que las tropas norteamericanas se marchasen para seguir entrematándose entre ellos.
Este año no sé por quién votar. Los tres candidatos en carrera me gustan. Obama me gusta porque es joven, habla claro y se opuso a la guerra. Y me gusta también porque es negro, hijo de un africano, con una abuela en Kenya que no habla inglés y cría gallinas. Hillary me gusta porque cuando el mundo supo que Bill le manchaba el vestido a Monica, actuó como una mujer de Estado y no como una mujer despechada. McCain me gusta porque lo torturaron en Vietnam y no se volvió loco o no del todo y no dejó atrás a sus compañeros y es duro y leal y cree que la guerra debe seguir y tiene el coraje de decirlo a sabiendas de que es inmensamente impopular y uno siente que, a diferencia de Bush, si McCain pudiera ir a la guerra iría encantado y pelearía en primera fila.
El problema es que ninguno me gusta del todo. Obama no me gusta porque durante veinte años fue a una iglesia de Chicago donde el pastor Wright decía cosas racistas y venenosas contra los blancos y los judíos, decía por ejemplo que los Estados Unidos crearon el sida para matar a los negros y que se merecían los atentados terroristas del 11 de setiembre, y Obama eligió a ese charlatán, que vive en una mansión, para que lo casara, bendijera su casa (la casa que le compró un rufián) y bautizara a sus dos hijas. Hillary no me gusta porque ya estuvo ocho años cogobernando y ahora quiere ocho más, y tampoco me gusta porque quiere contestar el teléfono a las tres de la mañana, cuando ningún presidente debería contestar el teléfono a esa hora, porque seguro que tomará la decisión equivocada. Y McCain no me gusta porque tiene setenta y un años y a esa edad nadie debería postular a un cargo público ni a ninguna forma de trabajo honrado y porque quiere que las tropas norteamericanas se queden en Irak un siglo más.
Entre tantas dudas, lo que es seguro es que le haría un favor a mi país adoptivo si lo exonero de mi voto y que si algún día improbable me encuentro con alguno de los candidatos le diré que voté por él y enseguida lo invitaré a mi hotel en Machu Picchu.
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