Prejuicios argentinos: bien, gracias
Por Rodolfo A. Windhausen
El Nuevo Herald
El diario ”The Washington Post” publicó recientemente una nota sobre la investigación que se lleva a cabo en la Argentina acerca de los afroargentinos, es decir, los descendientes de africanos que habitaban ese país hasta que fueron diezmados por una epidemia de fiebre amarilla, según algunos historiadores, o por la Guerra de la Triple Alianza, según otros, episodios ambos ocurridos a fines del siglo XIX.
La noticia seguramente causará escozor a los muchos argentinos que, durante decenios, han sostenido que ”en la Argentina no hay negros”, disparate que no sólo se repite con machacona frecuencia sino que sirve para justificar el mito de una Argentina blanca y europea que no conoce mestizajes.
Esa es la falsa impresión que puede recibir un turista desprevenido que se limite a visitar Buenos Aires, aunque aun allí la presencia de mestizos de origen indígena se ha hecho más visible en los últimos años con la proliferación de ”villas miserias” y la inmigración desde el interior del país a la capital.
El mito de la carencia de población negra proviene de tiempos en que se popularizó el tango como danza y se ”adecentó” ese baile prostibulario y oriundo de suburbios. El objetivo era negar los orígenes negros del tango primitivo, y borrar –como tantas veces en la historia argentina– el protagonismo de no europeos en la historia nacional.
La nota de marras indica que en la Buenos Aires de la primera mitad del siglo XIX hubo un 30 por ciento de población negra. Lo que es más, incluso los libros de historia más racistas (que los hubo en abundancia en la Argentina) reconocen la existencia del Regimiento de Pardos y Morenos como una de las primeras unidades militares creadas después de la revolución de mayo de 1810.
La presencia de la cultura africana en los orígenes del tango está evidenciada en géneros como el candombe, el fandango y la milonga, que fueron predecesores del baile tanguero y que, como la habanera, estuvieron presentes en los primeros tangos.
Muchos de mis amigos cubanos se sorprenden al escuchar habaneras en tangos primitivos (anteriores a 1920), entre ellos Papas calientes y el conocidísimo El choclo, cuyo puente es una habanera perfecta. (Lo que ha llevado a algunos cubanos a sostener el origen cubano del tango, criterio que es errado). No deberían sorprenderse, porque hay una explicación histórica.
Los barcos mercantes norteamericanos conocidos como clippers hacían en el siglo XIX la ruta Baltimore-Nueva Orleáns-La Habana-Buenos Aires-Montevideo con una tripulación mayormente negra reclutada, generalmente, en Santiago de Cuba y la misma Habana. Esos buques llevaban ron y azúcar del Caribe (la industria azucarera argentina no se desarrolló hasta la segunda mitad de aquel siglo) y traían del Río de la Plata carnes saladas (charqui, o en inglés jerky) y un alimento que llegó a ser muy popular en Cuba: el tasajo, o carne de caballo.
Esos tripulantes negros se mezclaban con la población africana de Buenos Aires y Montevideo ya que permanecían en los puertos del Río de la Plata más de un mes, en aquellos tiempos en que las cargas y descargas se hacían ”a hombro”. Expresión ésta, además, que ha pasado a la jerga popular del lunfardo, en la que abundan palabras africanas como tangó (tambor) y la mismísima milonga. Para muestra bastan estos botones.
Sin embargo, numerosos historiadores del tango, con honrosas excepciones como Armando Alonso Piñeiro y José Gobello, se empeñaron en negar o desmentir con falacias de variada índole la influencia negra en el tango. Hasta el día de hoy, en la ”cultureta” argentina uno se encuentra con personas supuestamente cultas que siguen negándose a aceptar esas evidencias históricas.
Hasta bien entrado el siglo XX, la población negra de Buenos Aires habitó el hoy muy frecuentado barrio de San Telmo, vecino del de La Boca, donde la leyenda sostiene que se habría creado el tango. Hasta por lo menos 1920, las comparsas de negros recorrían San Telmo para el Carnaval al son de sus tambores, interpretando candombes que hoy están siendo rescatados por algunos musicólogos de ambas orillas del Plata.
Pero el racismo argentino, que, por ejemplo, se ha aplicado en la historiografía argentina al genocidio de indios patagónicos en la infame ”conquista del desierto” del siglo XIX, se ha encargado de hacer desaparecer de los libros de texto –aunque afortunadamente no de los testimonios históricos– la figura del negro, que aparece incluso en el famoso poema gauchesco Martín Fierro, de José Hernández.
Por todo lo cual recomiendo al lector que, si visita la Argentina, no crea en esa tontería que a menudo repiten muchos argentinos y sepa que en ese país hay y hubo negros, como hay y hubo indios. (Si no lo cree, viaje a las provincias del norte argentino y me contará si vio o no personas de rasgos indígenas.)
Es que los prejuicios, en la Argentina, son más difíciles de matar que en otros países de América Latina. En realidad, en aquellas tierras del Plata los preconceptos están muy bien, gracias. Y gozan de muy buena salud.
El autor es periodista argentino.
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