El modelo económico argentino: ¿al service o a desguace?
Por Roberto Cachanosky
La Nación
Mientras algunos economistas hablan de hacerle un service al modelo económico, se concretaron las
versiones de un cambio de ministro de Economía. Dada la aceleración de la tasa de inflación, su impacto sobre el salario real, el consumo y los efectos sobre el tipo de cambio real, la pregunta que surge es: ¿alcanza con un service o un cambio de ministro para evitar un mayor deterioro de la situación económica?
Si bien no queda muy claro que significa hacerle un service al modelo, porque en rigor los economistas pro modelo están desconcertados y no atinan a esbozar algunas medidas consistentes, todo parece indicar que la idea que tienen pasa por disminuir el ritmo de aumento del gasto público para mejorar los deteriorados números fiscales, incrementar los salarios nominales por debajo de la tasa de inflación y subir el tipo de cambio nominal para recuperar el deterioro del tipo de cambio real. Enseguida volveremos sobre estos puntos.
Respecto del cambio de ministro como una alternativa para recuperar la confianza en la marcha de la economía, basta recordar los resultados que tuvo De la Rúa cuando creyó que nombrando a Domingo Cavallo como ministro se recuperaba la confianza. A esta altura de la historia económica argentina debería quedar en claro que no hay economista, por más prestigio que tenga, que pueda sentar las bases de crecimiento de largo plazo si detrás no tiene un contexto político que genere confianza e incentive la inversión.
El problema central para lograr este objetivo es que la política económica debe dejar de estar subordinada a las necesidades de poder del gobierno y concentrarse en el crecimiento de largo plazo. Con esto quiero decir que no sólo debe haber un verdadero federalismo fiscal, sino que debe terminar esta política de controles de precios, subsidios, regulaciones y prohibiciones de exportación, dado que los empresarios están más ocupados atendiendo los pedidos del secretario de Comercio, Guillermo Moreno, llenando formularios que no sirven para nada, en vez de concentrarse en invertir, mejorar la calidad de sus productos y ganarse el favor de los consumidores. En vez de utilizar su capacidad de innovación para hacer más competitivas sus empresas, los empresarios tienen que utilizar su capacidad de innovación para responder a preguntas absurdas y a regulaciones que han demostrado su total fracaso para controlar la inflación.
Más que un service, el modelo está para ir al desarmadero. Es que el Gobierno ha entrado en un enredo de regulaciones y subsidios del que hoy no sabe cómo salir. Por ejemplo, por tratar de conseguir un precio artificialmente bajo de los lácteos y la carne instrumentó una serie de medidas que desestimularon su producción. Ante este problema, ahora dicen que hay que aumentar las retenciones a la soja para terminar con el monocultivo, cuando en rigor fue el mismo Gobierno el que incentivó la sojización que tanto detesta. Lo que no advierten es que por más que suban las retenciones a la soja, si la producción de carne y lácteos sigue siendo mal negocio por las medidas que se adoptaron, en el futuro no habrá ni carne ni lácteos ni soja ni tantos ingresos fiscales por las retenciones a la soja.
Otro ejemplo, el Gobierno aplicó el impuesto inflacionario para sostener alto el tipo de cambio. El impuesto inflacionario licuó el tipo de cambio real y también los salarios reales, con lo cual ahora se encuentra en el medio de una puja por la distribución del ingreso. Cuando se habla de hacerle un service al modelo, lo que se está diciendo implícitamente, es que el costo del ajuste tiene que recaer sobre el salario para desacelerar el consumo y, de esta manera, disminuir la tasa de inflación. Identifican el problema inflacionario con una cuestión de oferta y demanda de bienes y no con una cuestión monetaria. Y, para colmo, no relacionan la falta de oferta con problemas de inversión por falta de seguridad jurídica.
Otro de los enredos en que se metió el Gobierno fue el de mantener artificialmente bajo el costo de la energía y los combustibles, cubriendo la diferencia de precios con subsidios. El problema es que un precio artificialmente bajo tiene la característica de aumentar la demanda del bien barato y disminuir su oferta. Por esa razón vemos cómo las importaciones de combustibles treparon a US$ 2800 millones el año pasado, casi triplicando las importaciones de los 90. El resultado es que cada vez se necesita más caja para compensar la diferencia porque, bueno es aclararlo, el precio internacional de los combustibles no se rigen por las regulaciones que establece la Secretaría de Comercio de la Argentina.
Lo que vemos hoy es que la gente está desconforme con sus ingresos por la inflación mientras las empresas ven diluirse sus tasas de rentabilidad y están preocupadas por si se mantiene el ritmo de demanda.
¿Qué alternativas tiene el Gobierno dentro de su modelo?
a) Disminuir los incrementos salariales para reducir el consumo. El costo sería un menor nivel de actividad y malestar en la población.
b) Reducir el aumento del gasto público para tener más superávit fiscal y, de esta forma, disminuir el ritmo de expansión monetaria que impulsa la inflación para sostener el tipo de cambio. El costo es tener menos dinero para repartir entre gobernadores, intendentes y obras públicas, lo cual atentan contra el modelo político instaurado.
c) Incrementar el tipo de cambio nominal. Si esto se hace con emisión monetaria, la inflación se espiraliza. Si se hace con superávit fiscal, la baja del gasto tiene que ser más pronunciada o bien deben matar a la gente con más impuestos comprimiendo el consumo.
En definitiva, el Gobierno está enredado en problemas de difícil resolución porque en estos cinco años se despreocupó de crear condiciones atractivas para la inversión. Basta ver la evolución del la Inversión Extranjera Directa Neta (IEDN) para darse cuenta que la Argentina recibe monedas de inversión. ¡El año pasado la IEDN fue de US$ 1863 millones frente a los US$ 2005 millones del caótico 2001! Es decir, hoy el país atrae menos inversiones extranjeras que cuando se gestaba una de las peores crisis económicas de la historia del país. Y aún más, en los últimos dos años la tendencia es decreciente.
De ahora en más hay dos grandes opciones. Una que los Kirchner cambien de postura y apuesten a la inversión. Esto significa dejar de lado el modelo político en vigencia, para poner el acento la previsibilidad en las reglas de juego y en la seguridad jurídica de las inversiones.
La segunda alternativa consiste en continuar enredándose con subsidios, regulaciones, prohibiciones de exportación, inestabilidad en las reglas de juego, toqueteo del tipo de cambio hasta que la inflación sea acompañada primero por el estancamiento económico y luego por la caída en el nivel de actividad, desatando una feroz lucha por ingreso.
El único problema que le veo a la primera alternativa es que, para que funcione, los Kirchner tienen que dejar de ser kirchneristas.
El autor es economista.
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