El 9 de abril de 1948: Aquel día
Por Plinio Apuleyo Mendoza
El Tiempo, Bogotá
Una imagen del país manchado de sangre que vivimos desde entonces.
Sólo tenía 16 años de edad y por una circunstancia fortuita fui testigo del episodio que a la una y cinco de la tarde de aquel día cambió para siempre la historia de Colombia. Permítanme trazar unas cuantas pinceladas para evocarlo hoy, sesenta años después.
Hay una vaga amenaza de lluvia en el aire cuando, a la una menos cuarto de la tarde, Elvira e Inés, mis hermanas, y yo salimos con mi padre de su oficina en el edificio Valdiri. Doblamos por la carrera 7a. y pocos pasos más allá él se detiene en la puerta de otro edificio y se despide de nosotros. “Voy a almorzar con Gaitán”, nos dice.
Para él es algo muy frecuente. Con Gaitán habla o se ve a diario. Amigos desde cuando estudiaban derecho en la Universidad Libre, mi padre ha conseguido ocho meses atrás que aquel caudillo, admirado por su gran arrastre popular, sea reconocido como jefe único del liberalismo. Miembro de su junta asesora, lo acompaña en sus giras y hace toda suerte de esfuerzos para que sus amigos del antiguo sector oficialista del partido reconozcan la nueva jefatura de Gaitán y depongan los recelos que siempre les había inspirado. (Con ese propósito, la víspera ha promovido un encuentro de él con Roberto García-Peña, director de EL TIEMPO.)
Minutos después, mis hermanas y yo nos disponemos a almorzar en la cafetería del Monte Blanco. Ocupamos una mesa pegada al ventanal que da sobre la carrera 7a., a esa hora llena de gente. No hemos empezado a comer cuando repentinamente, dominando las notas del Bolero de Ravel que se oye en el salón, resuenan en la calle, bruscas, secas, metálicas, tres detonaciones que producen una estampida de los peatones hacia las aceras, a tiempo que vemos cómo un hombre se desploma ahí abajo, en el lugar donde minutos antes hemos dejado a nuestro padre. “Es él, lo mataron”, gritan al tiempo mis hermanas, y yo cruzo corriendo el salón, tomo las escaleras y me precipito a la calle. Al doblar la esquina, veo a un hombre pequeño, pálido, mal vestido, sujeto por tres policías: el asesino. Corriendo siempre, me aproximo antes que nadie al cuerpo tendido en la acera. Siento en el pecho algo así como una descarga eléctrica al reconocer a Gaitán.
“Nunca he logrado olvidar aquella cara -escribí alguna vez-. Parece esculpida en un gesto irremediable, amargo. Los labios se le han cerrado con dureza, casi con desdén, pero en los ojos, fijos y entreabiertos, palpita todavía una lumbre de vida, y un ligero temblor estremece pestañas y párpados. La vehemencia voluntariosa de la nariz, de la boca y el mentón tiene ahora una trágica inmovilidad de bronce. El pelo lacio y espeso reposa sobre el polvo del andén. De la nuca fluye un delgado hilo de sangre que una mujer, segundos después, recoge en su pañuelo, sollozando. “Canallas, nos lo mataron”, murmura.
¿Qué sigue después? Lo que todos, por haberlo vivido o por haberlo oído contar, recordamos del 9 de abril: resplandor de muchos incendios, calles y plazas llenas de vidrios, de olor a humo y a aguardiente, machetes, caras enloquecidas, saqueos, hordas de desarrapados venidos de los cerros, tranvías en llamas, máquinas de escribir lanzadas al pavimento desde los despachos públicos, policías con escarapelas rojas en su fusil. Pero entre todas las escenas vistas, hay una que me quedará grabada para siempre. Es la de mi calle, la calle donde estaba mi casa, en la 15 con la 15, sembrada de cadáveres. Dieciocho, en total. Eran los desesperados que, bien con una bandera roja, un machete o una botella de aguardiente en la mano, cayeron a lo largo de la noche, abatidos por la tropa, cuando se aproximaban a la emisora Nueva Granada dando vivas al Partido Liberal. Desde el balcón de madera y vidrio donde mis tías se sentaban en las tardes a tejer, oíamos los disparos y los veíamos caer uno tras otro. En la bruma y primera luz violeta del amanecer, divisamos a una enfermera y un sacerdote que se aproximaban a los caídos. Ella les cerraba los ojos y el sacerdote, después de rezar, los bendecía.
Sí, esta imagen parecía anunciar la Colombia manchada de sangre que jamás habíamos esperado, la que nos ha tocado vivir desde entonces.
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