TLC con Colombia se convierte en un termómetro de la disposición comercial de EE.UU.
Por Greg Hitt, Bob Davis, José DeCordoba y John Miller
The Wall Street Journal
WASHINGTON — El presidente de Estados Unidos George W. Bush pidió formalmente al Congreso ayer que apruebe un pacto de libre comercio con Colombia. Esto enciende un enfrentamiento que resonará tanto en las elecciones presidenciales de 2008 en Estados Unidos como en el resto del mundo, a medida que los países tratan de calibrar el compromiso de EE.UU. con el libre comercio.
La Casa Blanca enfrenta un camino difícil para salirse con la suya dada la oposición unificada del movimiento laboral estadounidense, el cual juega un papel trascendental en la política electoral del partido Demócrata. La intensidad de la oposición al pacto quedó de manifiesto el fin de semana pasado, cuando el jefe de estrategia de la candidata Demócrata a las elecciones Hillary Clinton renunció tras revelaciones de que se había reunido con el embajador de Colombia. Mark Penn estaba asesorando al gobierno colombiano en la promoción del pacto de libre comercio con Colombia como parte de su trabajo para una firma de relaciones públicas independiente.
La posibilidad de una derrota ya está enviando señales de alarma a otras partes del mundo. Corea del Sur también tiene un pacto pendiente de aprobación por parte del Congreso de EE.UU., y las conversaciones para un acuerdo de comercio global siguen en punto muerto. Los negociadores comerciales en Europa y Asia creen que las posibilidades de que estos acuerdos sean aprobados son mucho menores que el pacto con Colombia, un aliado incondicional de EE.UU. y destinatario de miles de millones de dólares en ayuda estadounidense.
“Esta es la prueba máxima de si el consenso bipartidista que ha imperado en la política comercial durante 70 años ha colapsado”, dice C. Fred Bergsten, director del Instituto Peterson de Economía Internacional, un centro de estudios con sede en Washington D.C. “Es cierto que se ha estado desmoronando, pero hasta ahora ha habido un discreto apoyo por parte del partido Demócrata”.
En la Casa Blanca, Bush dijo que el acuerdo “merece el respaldo de los dos partidos por parte del Congreso de EE.UU”.
Lo que está en juego es un acuerdo comercial bastante estándar, en el que Colombia accedió a abrir sus mercados agrícola, industrial y de servicios a las compañías estadounidenses, mientras EE.UU. se comprometió a hacer recortes permanentes a los aranceles sobre textiles, ropa, flores y otros bienes. Como suele pasar con los acuerdos bilaterales con EE.UU., el país menor (en este caso Colombia) hizo mayores concesiones, pero espera que el acuerdo se traduzca en un auge en la inversión extranjera.
Desde el punto de vista de Bogotá, es difícil imaginar que EE.UU. pueda rechazar el pacto, especialmente teniendo en cuenta que Colombia accedió a incorporar las condiciones exigidas por los Demócratas (en relación a derechos laborales y cuestiones medioambientales) después de que finalizaron las negociaciones oficiales. “Para EE.UU., el acuerdo de libre comercio es sólo otro acuerdo más, pero para Colombia es el símbolo de nuestra relación con EE.UU.”, dijo en una entrevista Juan Manuel Santos, ministro de Defensa.
Sin embargo, el acuerdo comercial ha cobrado un mayor significado simbólico tanto en EE.UU. como internacionalmente. En Washington, los sindicatos laborales y grupos de defensa de los derechos humanos quieren usar la posibilidad de un pacto de libre comercio como comodín para que el gobierno colombiano tome mayores medidas para proteger a los líderes sindicales del país.
Colombia argumenta que ha progresado mucho en sus esfuerzos por controlar la violencia. La antaño estratosférica tasa de asesinatos se ha reducido 40%, los secuestros han sido casi eliminados y el ejército ha aumentado su presión sobre la guerrilla de las FARC.
Sin embargo, según Thea Lee, directora de políticas de la federación laboral AFL-CIO, “se ha lanzado el guante. Estamos totalmente movilizados en todos los niveles”. Eso difiere de una lucha similar del año pasado en relación a un pacto con Perú. La AFL-CIO no se opuso activamente al pacto y el Congreso lo aprobó por un amplio margen.
Los socios comerciales de EE.UU. han seguido atentamente el posible pacto con Colombia como una señal del profundo sentimiento anti-libre comercio de EE.UU. La delegación en Washington de la Unión Europea envía informes regulares a Bruselas sobre las negociaciones con Colombia.
En Asia, Corea y Japón tampoco se han perdido detalle del progreso del acuerdo con Colombia. Japón teme que un pacto entre EE.UU. y Corea pueda perjudicar a Tokio. Bush todavía no ha presentado este pacto ante el Congreso.
Bajo el proceso legislativo acelerado conocido como fast track, el acuerdo debe ser aprobado o rechazado por voto en un plazo de 90 días.
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