En libertad
Editorial –
El País, Montevideo
Libre es el hombre que no está en prisión, pero esa es apenas la más simple de las acepciones que el diccionario atribuye al vocablo “libertad”. La más interesante en cambio habla de “la facultad de hacer y decir cuanto no se oponga a las leyes ni a las buenas costumbres”. Ese margen de maniobra no sólo es envidiable sino también raro, porque no rige en todos los países por igual.
Sin llegar a los recortes de la libertad, ella puede estar amenazada de maneras muy sutiles a través de la vigilancia, el fichaje o el temor. Hace días se supo que unos empleados contratados por el Departamento de Estado norteamericano, habían revisado los pasaportes de los precandidatos a la presidencia (Clinton, McCain, Obama) en un sigiloso operativo de control que sin embargo tomó estado público y provocó un escándalo. También se supo que en el Reino Unido habían propuesto registrar el ADN de todos los recién nacidos, de manera de controlar en el futuro a cada ciudadano con mayor eficacia. Se sabe asimismo que en los países musulmanes las mujeres no pueden obtener un pasaporte ni viajar al extranjero sin la expresa autorización de sus maridos. Y además se supo que un iraquí regresó a Bagdad luego de una década de exilio en París y comenzó a filmar un documental sobre la realidad actual de su país, pero las autoridades lo convocaron, lo interrogaron y trataron de disuadirlo de ese plan. En todos los casos se trata de acechanzas o límites a la libertad, aunque hay otros.
En Cuba, por ejemplo, donde la libertad del individuo está severamente limitada a nivel de expresión e incluso de desplazamientos -una réplica caribeña del viejo modelo estalinista- el gobierno presidido por Raúl Castro prometió flexibilidades, pero hasta ahora nada se concretó. El hermano menor de Fidel asumió interinamente la primera magistratura desde julio de 2006 a raíz de la enfermedad del titular, pero desde el 24 de febrero ocupa definitivamente ese cargo. A partir de su discurso de asunción anunció cambios, algunos de los cuales parecían auspiciosos en el marco de los habituales hermetismos del régimen. El primero de ellos fue aludir a que “en cuestión de semanas se eliminarían las prohibiciones y regulaciones más sencillas”. Se refería a permitir la venta de ciertos electrodomésticos, computadoras y reproductores de DVD, por ejemplo, aunque para etapas futuras también se incluiría la autorización de líneas de teléfono celular, la entrega de tierras a campesinos rendidores, la compra-venta de automóviles y aun de casas, además de una mayor facilidad en los trámites migratorios para entrar o salir de la isla, sin excluir la posibilidad de que los cubanos puedan alojarse en hoteles hasta ahora sólo reservados a turistas extranjeros.
El funcionamiento de esas elasticidad sólo será viable con una reforma del sistema monetario, porque en Cuba existe el peso, pero rige asimismo el CUC o “peso convertible”, que vale 25 de los comunes y se emplea en ciertas transacciones como sustituto del dólar. Para la gente común, el problema consiste en que un sueldo se cobra en pesos, pero el Estado vende algunos artículos en CUC, lo cual marca un desnivel insalvable para el poder adquisitivo. Se calcula, por ejemplo, que un asalariado medio (que gana mensualmente 387 pesos, es decir 17 dólares) debería comprometer todo su salario durante seis años para poder comprar una computadora. Similar problema tendría ese asalariado si aspira a hospedarse en un hotel de primera línea, porque -como se ha señalado- el sector turístico de la isla se maneja con criterios propios del capitalismo más riguroso, es decir precios altos para la oferta de servicios y sueldos mínimos para quienes dependen de ese sector. Observadores de la realidad cubana estiman que si se autoriza el acceso de la población a los hoteles turísticos pero no se reforman los mecanismos de la economía o no se revisa la escala salarial, los únicos con posibilidades de acceder a esos centros serían los integrantes de una élite donde figuran dirigentes políticos, algunos empresarios y los rangos superiores de las fuerzas armadas.
Sin embargo, cualquier indicio de apertura es alentador y tiene, como ocurre con todo impulso de cambio en cualquier sociedad, una capacidad de estímulo y un efecto de arrastre que multiplicará tarde o temprano, las flexibilidades del sistema. Sin ir más lejos, cuatro periodistas notorios han manifestado en estos días la necesidad de “no idealizar nada”, de que “se hace imprescindible el debate” y de que “hemos fallado en dejar que nos dirijan en nuestro trabajo y hasta nos dicten las palabras”. Por ahí se empieza.
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