La sucesión de Iván el Terrible
Por Alberto Sotillo
ABC
En el Kremlin siempre ha habido un problema con los sucesores. Cuando un aficionado ruso a la ópera escucha los trinos tenores del Boris Godunov de Mussorgsky sabe que el argumento de la obra no es tan inverosímil como parece. Cuando llegó la hora de la sucesión de Iván el Terrible, a su hijo Fiodor lo encerraron en un convento, donde murió como un bendito. Su otro vástago, Dmitri, expiró a los diez añitos de edad.
Y a la madre de Dmitri, María, la metieron en otro convento cuando le dio por decir que a su hijo lo había asesinado el boyardo Godunov. Casualmente, en aquellos años murió también Nikita Romanovich, tío de Iván y siguiente en la línea dinástica. Así que ya no quedó más sucesor que el propio Boris, que fue un gran zar, pero que vivió obsesionado por las conspiraciones. El hombre quiso fundar una dinastía, pero no tuvo mucha suerte porque, a su muerte, su hijo Fiodor también fue asesinado junto a su esposa.
Cuando un aficionado a la ópera se entera de que el actual zar saliente tiene la intención de mantenerse como primer boyardo, y que ha elegido como sucesor a un hombre leal y de carácter suave (Dmitri Medvédev), en su imaginación ya se despliega un emocionante argumento de cuchillos afilados e inesperadas vocaciones monásticas.
Aunque tampoco hay que ser aficionado a la ópera para imaginar que la emoción está servida en un país de raquíticas instituciones en el que todo el poder está centralizado en el presidente, pero en el que el futuro primer ministro (casualmente, Vladimir Putin) ha presentado planes de gobierno de aquí a 2020. El poder hoy en Rusia se reparte entre varios clanes ligados a los servicios de seguridad sobre los que Putin impone su arbitrio. Medvédev, en cambio, tiene su base de poder en Gazprom; y sus previsibles apoyos, en tecnócratas como él. Hay quienes aseguran que sólo será un síseñor al servicio de Putin. Pero las cosas se ven de muy distinta manera desde el trono del poder casi autocrático que el propio Putin ha construido. Medvédev no es Putin; es un hombre mucho más suave.
Pero si quiere imponer sus corteses maneras, no le va a quedar más remedio que hacer una sucesión a lo Godunov.
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