Noticias de la isla
Por Sergio Crivelli
La Prensa
Durante el pasado fin de semana los medios dieron amplia cobertura a la sucesión del poder en Cuba dentro del seno de la dinastía Castro. Algunos, increíblemente, pretendieron que ese hecho significaba un debilitamiento de la dictadura que controla ese pequeño país caribeño desde hace medio siglo. Para evitar cualquier malentendido, el “renovador” Raúl Castro -rodeado de un grupo de septuagenarios- avisó que el “líder” seguía siendo su hermano y que lo consultaría en las cuestiones de importancia.
Las noticias de la isla tuvieron dos aspectos: la información y la manera en que ésta fue transmitida. En el primer caso hubo una novedad positiva: el cambio de guardia dictatorial no afectó a la gerontocracia. Si se hubiese dado paso a una nueva generación de dictadores, el panorama hubiera resultado aún más sombrío. El régimen policial parece tan firme como siempre, a lo que hay que agregarle que tantos años de dominación han generado, junto con la indigencia a la vista, un conformismo de masas en el que medran como siempre los pequeños demagogos con o sin carisma “revolucionario”.
En ese marco, las elecciones libres, la democracia y el pluralismo no tienen ninguna posibilidad. Todo depende de la biología. La única manera de acelerar el proceso por otro camino sería alentar el ingreso del sistema capitalista, lo que provocaría en el corto plazo el colapso de la anacrónica y rudimentaria organización económica que está paralizada desde los años 50 en una patética situación que los turistas encuentran pintoresca.
En cuanto a la manera en que las novedades cubanas fueron transmitidas, lo que más se destaca es la falta de proporción. El peso económico, militar y político de Cuba en el contexto internacional es casi nulo. Durante la “guerra fría” el país tuvo valor estratégico, pero fue efímero. Hoy darle la portada de los medios más importantes no tiene justificación alguna, ni siquiera la del valor simbólico o, para ser más precisos, arqueológico de lo que está ocurriendo allí.
Otro rasgo distintivo del tratamiento dado a las novedades de la dictadura cubana fue la benevolencia con un régimen repudiable al que se le elogia, por ejemplo, la cantidad de médicos por habitante, mientras se calla que sigue fusilando a opositores políticos, medio siglo después de su llegada al poder, con el pretexto de que podrían poner en peligro la revolución. Lo llamativo es, además, que los que justifican o silencian esas incalificables violaciones de los derechos humanos son entusiastas defensores de esos derechos fuera de Cuba y denuncian implacablemente a otras dictaduras.
En ese plano, el caso más famoso de doble discurso es el de Jean-Paul Sartre en su polémica con Albert Camus sobre el genocidio de disidentes en la Unión Soviética. Ante las pruebas abrumadoras que presentaba Camus, Sartre siguió sosteniendo que no había campos de concentración, “pero si los hubiera -aclaró-, no debemos escribir ni hablar de ellos para no debilitar la fe de la clase obrera en el socialismo, en la Unión Soviética y en la democracia popular”.
La negación en esos términos, a conciencia plena y con cinismo, ya no constituye doble discurso. Como en el caso del silenciamiento de la represión de los disidente en Cuba, se trata, simple y llanamente, de mala fe.
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