El túnel y su luz
Editorial – El País, Montevideo
De lo poco que queda del imperio ideológico implantado por las doctrinas marxistas, dos países son emblemáticos de las distintas reacciones operadas frente a su derrumbe: la República Popular China y Cuba.
China eligió su camino, fiel a su política de darle un rostro propio a cuanta doctrina o etnia se instalara en su suelo. Desde 1978, primero, (con Deng Xiaoping) y, posteriormente, desde 2002 (con Hu Jintao), hizo a un lado el radicalismo de Mao y se introdujo en el escenario mundial con características peculiarísimas. El coloso oriental, a partir de las fechas señaladas, comienza a crear una “economía socialista de mercado”, reestructura el Estado, abre sus puertas a las tecnologías e inversiones extranjeras y hasta flexibiliza la relación laboral con los funcionarios públicos (pueden ser cesanteados), todo ello en el marco de la privatización de miles y miles de empresas públicas transformadas en sociedades anónimas por acciones.
En un editorial anterior recordamos que un embajador chino se despedía de su colectividad, al abandonar su cargo ante nuestro gobierno, diciendo: “Sean felices y hagan mucho dinero”. ¡Impensable en la época de Mao!”
Pero ello no significa que China se haya convertido al liberalismo y a la democracia, porque la China rural es una cosa y la urbana y costera es otra muy distinta. En la primera, continúa la propiedad estatal de la tierra, un bajísimo nivel de vida y una clara pertenencia al mundo subdesarrollado. En la segunda, en cambio, junto a los magros ingresos de los obreros, una clase comercial e industrial (¿una nueva burguesía?), dinámica, ambiciosa y crítica, se ha transformado en el pujante motor que ha elevado a su país al rango de cuarta economía mundial (y sigue creciendo…), que ha invadido todos los mercados del planeta y que, incluso, es uno de los principales tenedores de bonos de la deuda pública externa de EE.UU.
Pero detrás de ese telón yace otra realidad: el país está bajo la férula del Partido Comunista, de su férrea organización y de sus implacables decisiones para las que muy poco cuentan los derechos humanos.
Es esta antinomia -adoptada, también, por Vietnam- la que plantea una interrogante apasionante: ¿logrará, finalmente, la burguesía -como históricamente ha sucedido en el occidente- sobreponerse a los sectores absolutistas y encaminar a la nación hacia la democracia? ¿Coadyuvará un nuevo cambio generacional entre los dirigentes?
Distinta es la situación cubana. Desde los albores de la revolución castrista, Cuba es una dictadura marxista asentada sobre una economía paupérrima e inviable que responde a los lineamientos de esa tendencia. Ha podido sobrevivir gracias al apoyo que le prestó la URSS (3 mil millones de dólares anuales e intercambio de azúcar cubana sobrevalorada por petróleo soviético subvaluado, etc.) y hoy en día se mantiene funcionando merced a los petrodólares de Chávez.
Ahora bien, todo indica que Fidel tiene los días contados de vida útil. Como todo dictador ha identificado demasiado al régimen con su persona. Desaparecido él, caerá el sistema. ¿Cómo será la Cuba post Castro? Para que sobrevenga una democracia exitosa, la isla debe gozar de una economía sólida y ello sólo es posible si se cuenta con recursos suficientes.
En tal sentido, pocos años ha, el Dr. Luis A. Lacalle propuso crear el “Fondo José Martí”. La brillante iniciativa la recogió Aznar y, ahora, el presidente Bush promete impulsarla y financiarla cuando, obviamente, se establezca la democracia isleña.
Con una razonable dosis de lógica no es descabellado pensar que tanto en la populosa China como en Cuba comenzará a verse la luz al final del túnel.
Si se produce en el país asiático ese tránsito hacia una sociedad liberal, la influencia china en el mundo alcanzará dimensiones sin precedentes.
Si otro tanto ocurre en Cuba, el anacronismo y el extremismo que el castrismo generó en América Latina sufrirán un golpe mortal. Abiertos los archivos de una tragedia isleña que ya lleva casi medio siglo de existencia, sus revelaciones harán que desaparezca la devoción hacia los falsos ídolos que engendró y que han enturbiado la vida de este continente e impedido que evolucione con el ímpetu que sus riquezas naturales podrían darle en circunstancias normales. Esperemos, pues, que definitivamente estemos llegando al final de este largo, e infecundo túnel.
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