Tributo a la libertad
Por Luis María Fleitas Vega
ABC Digital
Para los hombres sencillos que creemos en Dios, la libertad es uno de los tesoros más preciados que tiene el ser humano. En honor a ella y a una gran persona que adornó este Paraguay, que aún no sale de la esclavitud política, brindaré estos pensamientos. Debo confesar, sin embargo, que algunas ideas no son originales, sino provenientes de la película “Amazing grace” (Gracia maravillosa), reciente creación del cine que nos regala la historia de dos hombres, también sencillos, que brindaron toda su vida a una causa que casi ocasionó un holocausto económico en su tiempo: la abolición de la esclavitud en todo el Imperio Británico.
¿Qué perjuicio económico podría acarrear a la corona inglesa del siglo XVIII la entrega de libertad a miles de negros que venían con el cínico e irritante epíteto de “comercio legal” del continente africano, eterno “tucumbó rupa” del primer mundo? Sencillo, todas las plantaciones de azúcar, tabaco, bananos, etc., de las colonias del norte de América, Antillas y el Caribe, eran sostenidas por la “mano de obra” gratis de la esclavitud. El costo de un negro era casi despreciable, mucho menor a algunas libras del producto elaborado; cuando moría de cansancio o enfermedad, sencillamente se lo sustituía por otro.
En ese tiempo, esta barbarie humana aún se enseñoreaba en gran parte del mundo que se consideraba “civilizado” (Inglaterra, Países Bajos, y mismo en los incipientes EEUU). Francia, con la influencia del iluminismo, comenzaba a desprenderse de la pesada corona absolutista y se constituía en un peligro potencial para Inglaterra y los señores feudales de la época. No obstante, en los momentos aciagos y difíciles de la historia, siempre aparecen providenciales hombres que luchan por la libertad y la justicia. Uno de ellos fue William Wilberforce, representante del pueblo en la Cámara de los Comunes del Imperio inglés (una especie de Cámara de Diputados).
El Parlamento producía leyes estrictas que buscaban el engrandecimiento de la aristocracia inglesa, pero se olvidaba del pueblo que moría de hambre, pestes e ignorancia. El esclavo, comprado por algunos chelines y guineas de los corsarios y traficantes negreros, eran menos que nada. De 600 fornidos y saludables morenos que salían en barcos de Africa, muchos de ellos príncipes en sus tierras, llegaban a los puertos de Londres 200 despojos humanos. Uno de los sobrevivientes, proveniente de la nobleza africana, de nombre Equiniano, junto a un grupo de soñadores liderados por el Diputado Wilberforce, consiguen introducir en el Parlamento un proyecto de ley de abolición de la esclavitud. Seria como pretender hoy que la mayoría de los norteamericanos suban a un autobús para ir a sus afanes cotidianos. Se movería la estantería de los importadores o fabricantes de auto vehículos y repuestos. Se irritaría a la poderosa industria petrolífera que mueve billones de dólares, en fin, crearía tal revolución mental y económica que probablemente haría que los propios ciudadanos crucifiquen al representante del pueblo que intente sustituir el consumismo voraz por trenes o subterráneos colectivos rápidos. Solo esta medida haría que se importen y quemen miles de barriles de petróleo menos, se fabriquen millones de automóviles menos; en fin, hecha la comparación, vayamos al tributo a la libertad.
Al ingeniero Porfirio Cristaldo Ayala jamás lo vi en persona; sin embargo, sus apasionados artículos dominicales sumados a la comunicación epistolar que mantuvimos por años eran como un bálsamo en esta sociedad que está muriendo de estatismo y corrupción. Sus ideas liberales iban más allá de conceptos mezquinos partidistas y del propio “neoliberalismo” que desgasta y maldice al concepto de la libertad. El creía sencillamente que el esclavo (sea del Estado o del sector privado) no podría producir, inventar o crear nunca un bien o servicio de calidad. La libertad individual otorgaba la libertad colectiva que otorgaba las garantías para llegar a la prosperidad de las naciones. Así de sencillo, así de profundo, así de polémico era Porfirio.
Muchas veces estuve en disidencia con él, especialmente en temas ambientales, pero siempre estuvimos totalmente de acuerdo con relación a la libertad. Hoy quisiera como una especie de discípulo de sus ideas manifestar mi profunda tristeza por su partida hacia la verdadera libertad, aquella que él defendió en forma humilde y discreta, pero firme. Hoy estará hablando con Adan Smith, Abraham Lincoln, Tomas Jefferson, William Wilberforce, Martin Luther King y otros.
Ojalá estén en la memoria silenciosa de Dios. Ojalá me junte a ellos alguna vez.
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