Jorge el legal y Jorge el ilegal
Por Oscar J. Franco
El Nuevo Herald
Los dos llegaron a este país, el mismo día, provenientes de la misma tierra natal.
Jorge el legal, en adelante ”el legal”, aterrizó en horas de la tarde en vuelo directo. Vino con la visa de trabajo, que le consiguió la empresa transnacional en la que había laborado como ejecutivo de ventas por 20 años. El oficial de Inmigración que le recibió, le dio la bienvenida y le selló su estadía por tres años.
Jorge el ilegal, en adelante ”el ilegal”, cruzó la frontera corriendo, después de haber pasado tres abrasadores días, con tres congeladoras noches, caminado en el desierto; no tenia pasaporte y mucho menos visa. El oficial de Inmigración que lo persiguió, como bienvenida, le disparó dos veces, sin lograr herirlo.
El legal, vivió los tres primeros meses hospedado en la suite del hotel pagada por su empresa, hasta que le consiguieron una casa, con las comodidades necesarias para que su junto con su esposa Valentina, su hijo Oliver y su hija Gabriela establecieran su residencia.
El ilegal pasó el primer año durmiendo en un colchón en el piso de un cuarto, junto con 5 hombres más, en una pensión nauseabunda, cerca de la granja donde trabajaba recogiendo papas. Su esposa Concha, su hijo Paco y su hija Chepina lograron cruzar la frontera de la misma forma que Jorge y todos ocuparon el mismo cuarto, ya que los otros hombres se habían ido.
El legal y su familia se adaptaron perfectamente a su vida en este país. Como Oliver y Gabriela hablaban inglés, se les hicieron fáciles sus estudios en la escuela privada. Valentina se dedicó a bienes raíces.
El ilegal y su familia también se adaptaron perfectamente a su vida en este país. Paco y Chepa apenas sabían leer y escribir, pero no les hacía falta para trabajar en el campo. Concha también se dedicó a bienes raíces, o sea, a las papas.
El legal, patrocinado por su empresa, solicitó la residencia permanente, la cual junto con su familia obtuvieron a los pocos meses. En tres años tenían sus green cards.
El ilegal junto con su familia estaban permanentemente escondiéndose de la migra. El caporal de la empresa los amenazó con delatarlos si no trabajaban 12 horas diarias. Así transcurrieron los tres primeros años de sus vidas en este país.
Cuatro años después, el legal y Valentina se llenaron de alegría y orgullo cuando Oliver y Gabriela culminaron sus estudios de bachillerato y emprendieron su flamante vida universitaria.
El ilegal y Concha quedaron devastados cuando a Paco lo asesinaron en una pelea entre pandillas juveniles. Chepina quedó embarazada soltera a los 16 años; el padre de la criatura se desapareció del panorama. Coincidencialmente, Concha estaba esperando el tercer hijo, de los cuatro que tuvieron en los 7 años que aquí llevaban.
El legal y su familia pidieron y obtuvieron la ciudadanía americana.
El ilegal y su familia no tenían número de seguro social, ni licencia de manejar, ni seguro médico, ni pasaporte, ni cuenta bancaria. Sólo poseían los ahorros, producto de varios años de ásperas condiciones de vida y trabajo, pero lograron mudarse para una zona mejor, montaron una bodeguita y de eso vivían.
El legal, o mejor dicho el ciudadano americano, y su familia visitaban y eran visitados por familiares y amigos de su país natal.
El ilegal, su esposa, sus 5 hijos y la nieta no habían visto a su familia en muchos años. Ocasionalmente algún amigo cruzaba ilegalmente la frontera y se alojaba con ellos por unos días.
El legal y Valentina, en un descuido, sobrepasaron la velocidad límite en el carro al regresar de compras navideñas. Jorge consideró un abuso que, por apenas 5 millas de exceso de velocidad, hubiese sido multado. Les arruinaron sus Navidades.
El ilegal y Concha en un descuido sobrepasaron la velocidad límite en el carro al regresar de comprar la comida. Jorge no tenía licencia, ninguno de los dos tenía papeles, fueron detenidos y sumariamente deportados. Los hijos se enteraron porque Jorge llamó a un amigo, pues nunca reveló a Inmigración que tenía la familia acá. Les arruinaron la vida.
Seis meses después y habiendo cruzado el desierto otra vez, el ilegal y el legal negociaban el sueldo como jardinero y sirvienta de limpieza de la casa. Adivinen quiénes serían los patrones y quiénes los empleados.
El legal le comentó a Valentina que era una lástima que no consiguieran a nadie para realizar el trabajo (el mísero sueldo que estaba pagando no le cruzó por la mente) porque esos ilegales eran la ruina de este país, apenas cruzan la frontera y ya pretenden que se les reconozca, inclusive reclaman derechos.
”Esa gentuza vienen a aprovecharse de nosotros los ciudadanos que legalmente inmigramos y luchamos duro para insertarnos en la sociedad. Qué descarados son los ilegales”, exclamó el legal.
El ilegal le comentó a Concha que estaba seguro de que les iría bien con el Dr. Jorge, pues eran compatriotas.
Jorge, el empleado, no sabe que les diferencia el hecho de que ellos son descendientes puros de las razas indígenas que han poblado este continente por más de tres mil años, cuando no existían las fronteras, y el Dr. Jorge es hijo de inmigrantes europeos que emigraron buscando una vida mejor, más digna y con un futuro promisorio para sus hijos en Sudamérica.
El autor es Director de FAPM.
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