Inversión y desarrollo
Por Porfirio Cristaldo Ayala
ABC Digital
En pleno siglo XXI es difícil creer que todavía existen intelectuales, políticos, profesores, empresarios que no tengan la menor idea sobre las causas de la pobreza, el proceso de crecimiento económico y la importancia de la acumulación de capital en el desarrollo. En el mejor de los casos, lo que han aprendido es que la pobreza no es el resultado de catástrofes naturales, sino el fruto del error y la envidia y que está en nuestras manos resolverla.
La pobreza, vale la pena repetirlo, no se debe a la escasez de recursos naturales ni a las recurrentes calamidades climáticas, sino a la falta de inversiones que aumenten la actividad económica y la productividad de la mano de obra y, por ende, los ingresos y el nivel de vida de la gente. La falta de acumulación de capital va siempre acompañada de desocupación y bajos salarios, condiciones que solo pueden modificarse aumentando la inversión.
Al aumentar la inversión, aumentan las nuevas empresas y la demanda de trabajo y suben los salarios. Lo primero que hacen los nuevos empresarios que arriesgan sus capitales en el país es contratar nuevos trabajadores. ¿Cómo se establecen sus salarios? Estos se fijan por la libre competencia, sin importar la mala y buena voluntad de patrones y trabajadores. Cuanto mayores capitales se invierten en el país, más empresas se crean y compiten por nuevos trabajadores, más altos serán los salarios y mejor el nivel de vida de la gente.
El proceso de acumulación de capital es sencillo: cuando aumenta la inversión, el trabajo en relación al capital se hace más valioso y demandado, y, por tanto, aumenta su valor en el mercado. Desde hace más de 200 años, el socialismo viene enseñando todo lo contrario. La mentira básica es que el capital es opuesto al trabajo. No ven que el salario es mayor en la medida que aumenta la tasa de capital. A mayor capital, más altos serán los salarios y mejor el nivel de vida de los trabajadores.
Esto explica por qué en los países ricos, donde la acumulación de capital es mucho mayor, los salarios son bastante más elevados que en los países pobres. En cambio, en los países pobres los salarios son más bajos, no porque el capital explota a los trabajadores, o porque los trabajadores son menos calificados, sino debido a la escasez de capital. El latinoamericano que emigra a Estados Unidos pronto recibe los mismos salarios que el trabajador norteamericano debido a que trabaja con mejores maquinarias y técnicas más sofisticadas. Capital y salarios se apoyan unos a otros.
Pero lo nuevo sobre el mundo moderno no es la pobreza, sino la riqueza. Muchas regiones están escapando a la pobreza a una velocidad extraordinaria. Si la acumulación de capital era un proceso que en otras épocas requería del ahorro interno durante 150 años o más, como fue el caso Inglaterra, EE.UU., Europa y Japón, hoy muchos países, como China, Taiwán, Corea del Sur, Singapur, Nueva Zelanda, Australia y otros, lo están logrando en 40 años o menos. Nuestros países podrán alcanzar el desarrollo en 20 años o menos.
La explicación de este “milagro”, al que Ludwig von Mises considera el acontecimiento más grande en la historia del siglo XIX, fue el desarrollo de la “inversión exterior”. El capital inglés sirvió en la construcción de los ferrocarriles estadounidenses y europeos, las fábricas, las minas, los sistemas de gas e iluminación, puertos. Las hostilidades que al principio se notaron contra la inversión exterior pronto desaparecieron ante la evidencia de sus grandes beneficios. No obstante, los capitalistas no previeron la protección legal contra las expropiaciones directas o indirectas.
El socialismo tildó a los capitalistas de “explotadores” que debían ser expropiados y expulsados del país. Esta historia que ha ahuyentado y matado la inversión en los países pobres se repite desde comienzos del siglo XX, cuando surgieron las primeras expropiaciones hasta nuestros días. Los países pobres pueden crecer y prosperar en pocos años. Para ello solo necesitan la inversión de nuevos capitales. El “milagro” de la riqueza, por increíble que parezca, está al alcance de la mano: asegurar el más sólido respeto a la propiedad privada.
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