Iberoamérica: Más de lo mismo
Por Marcos Antonio Ramos
Diario Las Americas
Acudiendo a sus conocimientos sobre el pasado de la región, cualquier estudioso de la historia iberoamericana o latinoamericana pudiera hacer comentarios sobre las últimas noticias del Continente limitándose a cambiar nombres de protagonistas y algún detalle significativo.
“Mutatis mutandis” encontramos como se repiten tanto el tipo de personajes como de acontecimientos. Mientras el oficialismo de turno mantiene sus mayorías nacionales en países en los cuales se han celebrado recientemente elecciones, algunas ciudades y regiones se inclinan por la oposición, lo cual no es nada nuevo. No es la primera vez que se evidencia una muy temporal tendencia gobiernista en Colombia o Argentina, mientras que la capital y otras ciudades importantes conceden sus votos a candidatos de la oposición.
La noticia del triunfo de la Senadora Cristina Fernández de Kirchner en Argentina ofrece la novedad de una mujer elegida directamente a la presidencia de la nación, aunque ya otra dama, la viuda de Perón, había ocupado el cargo por sustitución constitucional. La derrota de doña Cristina en la capital federal no debe extrañar a nadie. Algo parecido sucedió en Colombia donde a pesar de la popularidad en el interior del presidente Uribe, la izquierda opositora consolidó su control sobre la alcaldía de Bogotá. También logró el triunfo en ciudades importantes. Recordamos el gran triunfo de Betancourt y su partido Acción Democrática en la Venezuela de 1958, mientras el principal candidato contrario, apoyado por la URD y el Partido Comunista, lograba una victoria arrolladora en Caracas. Años después de repetía esa situación aunque con una variante ideológica, un triunfo de Acción Democrática a nivel nacional y una victoria en Caracas de Arturo Uslar Pietro, un intelectual más bien conservador, un gran adversario de Betancourt y su partido. Joaquín Balaguer arrasó en las elecciones dominicanas de 1966 mientras Juan Bosch, derrotado nacionalmente en esa fecha, se llevaba el triunfo en el Distrito Nacional (Santo Domingo de Guzmán), lo cual se repetiría en la confrontación electoral de 1990.
No vale quizás la pena tratar de sacar nuevas lecciones de lo sucedido en Bogotá y Buenos Aires en el 2007. La unanimidad no existe casi en ningún lugar. Lo que sí resalta en la noticia es el triunfo de la señora Fernández de Kirchner, una dama elegida presidente por una apreciable votación. Pero nadie debe sorprenderse ya por ese triunfo, no olvidemos la elección de la señora Bachelet en Chile. No debemos olvidar que vivimos en el siglo XXI. Lo mismo en Europa que en Iberoamérica o en la América del Norte las nuevas generaciones piensan en forma bastante diferente a la de muchos de sus antepasados. Un cuestionario sometido a los menores de cuarenta o cincuenta años revelaría diferencias apreciables. Y en cuanto a los menores de veinticinco, las respuestas serían quizás desconcertantes.
En los Estados Unidos, país fundado originalmente en la costa este de América Septentrional bajo la influencia de puritanos y otros religiosos y cuyas instituciones iniciales al tomar forma de nación respondieron a influencias deístas y calvinistas prevalece ahora un pluralismo muy abarcante que se ha ido extendiendo a Iberoamérica. La postmodernidad, por darle ese nombre, sobrepasa en cuanto al tamaño y extensión de sus aperturas al viejo liberalismo inglés e incluso a la influencia cultural francesa, presente en Norteamérica mediante lecturas de filósofos y enciclopedistas el Siglo XVIII, los cuales también llegaron a Iberoamérica en esa misma época. La elección de mujeres y de personas procedentes de algún grupo étnico o religioso considerado minoritario ya se va imponiendo.
Pero hay otros asuntos en que sí hay más de lo mismo. El sentimiento antinorteamericano, por citar un ejemplo, continúa ejerciendo influencia. Mientras algunos atribuyen todos los problemas a las revoluciones, lo cual sería exagerado en algunos casos, otros insisten todavía en que los culpables son realmente los estadounidenses. Puede elegirse a una mujer o a un indígena y se superan viejos prejuicios religiosos, pero es necesario echarle a alguien la culpa por nuestros problemas. Los norteamericanos son el blanco más frecuente, sobre todo cuando su presidente no proyecta una imagen favorable en el resto del mundo. Las diferencias de clase social o económica, los problemas étnicos, conflictos regionales, corrupción administrativa, fraudes electorales, golpes de estado, revoluciones y contrarrevoluciones. En fin, casi todo se les atribuye. Algunos rechazan asumir su pasado revolucionario o liberal con sus cambios sociales, mientras otros hasta reinventan a Bolívar como ejemplo de revolucionario de izquierda a pesar de haber sido históricamente el fundador del conservadurismo colombiano.
Por otro lado, se continúa con el viejo discurso “desarrollista” que no siempre coincide con realidades regionales. Para algunos, todo se resuelve con capitalismo y elecciones competitivas, aspectos en cierta forma determinante, pero que por sí solos no constituyen la solución a viejos males que en gran parte tienen que ver con la cultura, e incluso con las instituciones. En países caracterizados por una progresiva superpoblación, el desarrollo sólo beneficiaría a un sector. A mayor profundidad, Alfonso López Michelsen, en un discutido libro, se quejaba de que algunas situaciones tenían que ver con “La estirpe calvinista de nuestras instituciones”, título de uno de sus libros en el que criticaba la cultura política recibida de Norteamérica y adoptaba casi automáticamente en Iberoamérica después de la independencia. Ni siquiera la ya gigantesca y creciente feligresía evangélica latinoamericana responde exactamente a la cultura protestante anglosajona. La respuesta definitiva no consiste en trasladar un experimento de un país a toda una región, como se ha intentado hacer en el Medio Oriente.
Pero ya sea porque algunas cosas permanecen igual que antes, entusiasmos revolucionarios descabellados o una derecha alucinante, o porque los cambios no han sido canalizados debidamente, el proyecto latinoamericano, iberoamericano y en algunos casos, si se prefiere, indoamericano, se ha quedado atrás de buena parte del mundo. Por un tiempo parecíamos ser superados más bien por Norteamérica y Europa. Ahora estamos hasta detrás de varias naciones del llamado Tercer Mundo, colonias desprendidas recientemente de los viejos imperios europeos. Con excepciones significativas como la de Chile o como resultado de riquezas naturales o energéticas que responden a necesidades del momento globalista, pero a veces a pesar de eso último, seguimos mostrando al mundo más de lo mismo. Ahora bien, el resto del planeta, sobre todo nuestros vecinos más cercanos de América del Norte hacen muy mal en ignorar los posibles y probables problemas que se avecinan. Y las difíciles situaciones del futuro no podrán resolverse simplemente con Golpes de Estado u ocupaciones militares ni tampoco con discursos impresionantes a larga distancia. El mundo del futuro no permitirá necesariamente y por mucho tiempo mucho más de lo mismo.
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