EE.UU.: Una curiosa campaña presidencial
Por Marcos Antonio Ramos
Diario Las Americas
El enorme respeto que sentimos hacia esta gran nación y que creemos haber demostrado a través de mucho más de treinta años de escribir regularmente para la prensa diaria quizá sea la mejor manera de explicar por qué nos tomamos la libertad de afirmar que las campañas presidenciales en Estados Unidos han ido adquiriendo aspectos que pudieran ser considerados folclóricos. Varios comentaristas de radio y televisión, así como articulistas de grandes diarios, han resaltado una respuesta dada por el recién estrenado candidato Fred Thompson, quizá una gran persona, pero que no dejó la más mínima huella en su breve paso por el Senado.
El ex legislador demostró conocer el nombre del primer ministro, nada menos que del vecino Canadá. Maravilla de maravillas. Por supuesto que hay algo de ironía en este artículo, que reconoce que sus colegas han tratado de ofrecer un dato simpático. Esas características serían las únicas que pudieran justificar las palabras de un artículista en un diario nacional: “Sin duda este hombre está listo para dirigir”. Parece como que regresamos a los días de un popular periódico cubano “La Política Cómica”.
En los últimos años hemos escuchado a reconocidos analistas referirse seriamente a candidatos cuya principal credencial es “caer bien”, en contraste con otros considerados “demasiados serios”. Tal tendencia nos recuerda la de nuestro país natal donde el único pecado imperdonable en política era “caer pesado” y que se acentúa aquí con comentarios como los que algunos hacen acerca de que el mismo Thompson tiene la ventaja de ser un actor profesional como lo fue un presidente muy popular (Ronald Reagan) que por cierto tenía otras credenciales superiores a esa en materia política. Afortunadamente para este país y su administración.
En recorrido por lugares públicos escuchamos comentarios categóricos, casi con carácter definitivo, en base a opiniones extraídas de comentarios claramente comprometidos con algún candidato en particular, es decir, pura propaganda, que ni siquiera tiene como base una serie de datos medianamente aceptables. En base a simpatías y antipatías, no a la capacidad y promesa de un candidato, se emiten opiniones sobre personas a las cuales no se conoce realmente, liberales y conservadoras exaltados como héroes, estadistas, genios, gente simpática, flexible de “línea dura”. En otros casos se demoniza a otras personas en forma irresponsable porque lo único que hemos oído son opiniones de sus adversarios. Los nuevos y notables especialistas de café con leche no han visto jamás la cubierta de “The Economist” o “Foreign Affair”, mucho menos se han tomado el trabajo de mirar las dos caras de la moneda.
Mucho peor todavía, el haberse retratado con algún policía o bombero durante septiembre 11 del 2001 se utiliza por candidatos, republicanos y demócratas, como impresionante mérito. Los héroes de esa fecha no fueron, con todo respeto, el presidente Bush, al alcalde Giuliani o la Senadora Clinton, sino los bomberos, policías, la Cruz Roja, médicos, paramédicos y voluntarios de todo tipo que se enfrentaron realmente a la muerte. Los demás, también dicho con respeto, sería pura politiquería al uso o, si acaso, haber cumplido simplemente con el deber, sin peligro para la vida. Perdóneme el lector la franqueza, le agradecemos su comprensión, quizá exageramos, pero no podemos hacer otra cosa para reciprocar tanta exageración.
Otra característica, en este caso circense, ha sido la apelación a “valores morales”. Claro que son importantes, pero se olvida que su utilización frecuente responde a métodos de “marketing”. Se busca el llamado “voto cristiano” como pudiera buscarse el sufragio de los que suspiran por las visitas de platillos voladores con extraterrestres. El problema es conseguir el mayor número de votos. La religión la convierten en oportunidad de llegar al poder. Ahora son muchos los políticos que se retratan en desayunos de oración, predican sermones, adoptan poses místicas y se sitúan como defensores de valores del espíritu, independientemente de que sus vidas hayan incluido frecuentemente el engaño, el adulterio, las ocultas preferencias sexuales, el abuso de las bebidas alcohólicas, el enriquecimiento de amigos y contribuyentes de campaña. En otras épocas los “héroes de la fe” Justino el mártir, Francisco de Asís, los misioneros de las diversas confesiones religiosas y las hermanitas de la Caridad. Nuestro padre, que no era religioso, admiraba las labores de esas últimas. Pronto se glorificará como buen evangélico a algún firmante de un documento a favor de los valores morales después de embriagarse éste con alcohol o antes de ser sorprendido en un acto inmoral en público. Felicitamos a los pecadores que no hacen alarde de su espiritualidad inventada. Quizá sería mejor preferirlos.
No sólo no se considera como “valor moral” ocuparse de los de abajo, tampoco se resuelven problemas que afectan a todos, como la crisis de los seguros. Ya ni los mejores médicos pueden enfrentar las demandas judiciales que obligan a pagar cifras increíbles de seguro legal, mientras sus clientes no pueden pagar la cuota de un HMO que valga la pena. Pero siguen los pocos espirituales gastos de campaña, resueltos mediante banquetazos y contribuciones dirigidas por excelentes cabilderos. Después de obtenido el poder se promueven, quizás con pose de profeta o místico, los mismos males que se criticaban cuando se estaba en la oposición, pecado cometido por liberales, conservadores, demócratas, republicanos, protestantes, evangélicos, católicos, mormones y todos los demás. Presupuestos sin control, déficit injustificable, burocracia creciente. No se puede identificar a quien es realmente liberal o conservador como en los día del Barry Goldwater y Hubert Humphrey, a quienes podía considerarse como conservadores o liberales, también como personas honestas. Y no entraremos en los errores imperdonables en política internacional, minimizados por partidarios y exagerados por oponentes.
La mediocridad de los debates de los candidatos es cada día mayor. Vale más un chiste que una explicación satisfactoria. Cualquier afirmación simpática es considerada “brillante” aunque el aspirante desconozca el nombre de la capital del Perú o del presidente de la República de Italia. Aun así, es preferible la democracia a la tiranía, el mercado libre al estatismo rampante. Las glorias de esta república son imperecederas y ni siquiera los “Tres Chiflados” o “Abbot y Costello” de la política actual impedirán que sobrevivan las instituciones y que vengan tiempos mejores. Así sea.
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