El campo cubano
Por Uva de Aragón
Diario Las Americas
Cuando me fui de Cuba a los 15 años, sólo conocía la isla desde Viñales hasta Cienfuegos. En los primeros tiempos de exilio aseguraba que al regresar, la recorrería a pie. Luego la trayectoria sería en bicicleta, más tarde en auto, hasta que bromeaba que si demoraba mucho sería en silla de ruedas, ambulancia o carro fúnebre. Cuando en pocos meses entre Julio de 1996 y Abril de 1997 murieron cuatro amigos muy queridos de mi generación –Enrique Baloyra, Raquel La Villa, Pepe Prince y Miguel González Pando–, con quienes había compartido numerosos proyectos sobre Cuba, se hizo mayor mi angustia de que nunca podría hacer realidad mi sueño.
Sin embargo, no fue así. Cuando me invitaron a dar una conferencia en Santiago de Cuba sobre mi abuelo, Alfonso Hernández-Catá, quien había sido concebido y pasado su infancia en la capital oriental –la cual aparece a menudo en sus textos– acepté de inmediato. Alquilé un auto y un gran amigo mío me acompañó. Salimos de La Habana muy temprano en la mañana el 28 de enero de 2001. Mi amigo, que me conoce bien, me dejó manejar un rato. Confieso que conducir por el malecón al amanecer fue uno de esos momentos en la vida que nunca se olvidan. Nos dirigimos a Madruga, en Matanzas, a recoger a una colega, historiadora, que se había ofrecido a enseñarme Trinidad. Cuando entramos al pueblo vimos los niños y niñas vestidos de blanco preparándose para la parada martiana. Pensé que quizás les dijeran que Martí había sido el autor intelectual del Moncada, pero que bastaría con que leyeran La Edad de Oro para que conocieran el espíritu de justicia y decoro de este hombre, cuya revista dedicada a la gente menuda tanto influyó mi infancia.
En Madruga, como por todos los pueblos que pasamos, parecía que el tiempo se había detenido. Tenía el mismo aspecto que recordaba. Sin embargo, nadie sabe qué puede esconderse detrás de cada puerta. En la de nuestra amiga nos esperaba un cafecito recién colado y uno de los patios cubanos más hermosos que he visto. Nos dirigimos hacia Cienfuegos, que yo había visitado a los catorce años, pero del que guardaba un recuerdo bastante preciso. Por la carretera, los molinos de viento, los bohíos y la belleza de los campos cubanos me devolvieron a la infancia, cuando viajaba muchas veces en las piernas de mi padre, que iba improvisando historias sobre los nombre de los ríos y los pueblos. En Cienfuegos visitamos el parque, con su glorieta, la amplia bahía, Punta Gorda. Mi amiga, experta en historia de la arquitectura, me hablaba de fechas y estilos de construcción. Yo sacaba foto tras foto y respiraba profundo los aires de Cuba.
Llegamos a Trinidad pasada las dos, muertos de hambre. Encontramos un parador donde un trío cantaba canciones de Los Panchos y comimos pescado fresco a la sombra de una enredadera. Tras el café, mi amiga y yo caminamos por las viejas calles empedradas de Trinidad, donde los hombres que jugaban dominó, o una anciana que barría un portal me fascinaron tanto como la iglesia y el museo. Nuestra colega se quedó en Cienfuegos en casa de su hija, y mi amigo y yo seguimos hasta Camaguey, donde hicimos noche. ¡Qué maravilla despertarse con los cantos de los gallos al amanecer!
El segundo día de viaje fue menos venturoso. Un camión casi nos mata en la Carretera Central. La amabilidad de los guajiros de la zona que cargaron el auto para sacarlo de la zanja no fue suficiente para quitarnos el susto que pasamos. En Bayamo paramos a comprar algo de comer, pero nuestro intento de almorzar en el parque se vio frustrado por un numeroso grupo de personas que venían a pedirnos dinero o comida, de forma bastante agresiva.
La estancia en Santiago fue llena de emociones encontradas. Recorrí las calles donde jugaba mi abuelo de niño, visité en el Cementerio de Santa Ifigenia, las tumbas de mis bisabuelos, de Pura del Prado, y naturalmente, la de José Martí. Dejé una foto de mi familia ante el altar de la Virgen del Cobre. Disfruté la belleza de la Bahía, el Parque Céspedes, las estatuas de los próceres. Trabé amistad con la señora en cuya casa de Vista Alegre alquilé una habitación, y a quien le he mandado varios huéspedes desde entonces. Fui al Caney. Escuché misa en la Iglesia de Santa Teresita, la parroquia del Padre José Conrado, a donde llevé ayuda para un comedor de personas de la tercera edad.
Otro aspecto interesante en Oriente fue la multitud de medios de transporte tan diversos que vi, desde la mitad de la carrocería de un camión tirado por caballos hasta carriolas de confección casera, más una serie de vehículos verdaderamente indescriptibles.
Sin embargo, la conferencia que iba a dar se canceló por motivos poco claros. Intelectuales con los que me iba a reunir, con algunas excepciones, se desaparecieron. Me asediaban personas que, por la chapa del carro alquilado, creían que yo era turista, y me pedían dinero, un pintalabios, una pluma. Naturalmente que me sentía inclinada a dárselos todo, pero mi amigo me prevenía de que tuviera cuidado, porque podían robarme, lo que afortunadamente no sucedió. Mientras escuchaba misa, le entraron a piedras a la iglesia. Me sentí vigilada en Santiago, cosa que no me había pasado nunca antes. Regresamos a La Habana un día antes de lo previsto, vía la Ocho Vía, sin apenas parar más que para echar gasolina y comer algo ligero. Llegamos a La Habana al anochecer. Mi amigo me preguntó si me atrevía a manejar desde su casa en La Víbora hasta mi hotel en El Vedado. Claro que sí, le dije. Tomé Santa Catalina, la Avenida de Rancho Boyeros, la Calle G, el Malecón, hasta doblar por la calle de mi hotel.
Imposible resumir en una crónica todos los pormenores e impresiones de cuatro días de gran importancia en mi vida. Visto con la distancia de algunos años, lo que sobresale es la belleza indestructible del campo cubano: sus cañaverales, montañas, valles, sabanas, ríos, pueblos, gente a caballo, a pie, en bicicleta y esos cementerios pueblerinos donde yacen los restos de tantos cubanos.
(Continuará)
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