Militares y civiles en los Estados Unidos
Por primera vez desde el inicio de la guerra de Irak, un grupo de generales retirados decidió romper con una fuerte tradición de silencio y reclamó la renuncia del secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, desgastado por más de tres años de ocupación y con una situación de constante violencia en Irak. Pero esta situación no es tan novedosa como la encuentra Juan Gabriel Tokatlian en su nota del 27 de abril. A mí, al menos, me trae a la memoria una perspectiva similar que debió afrontar el presidente Lyndon B. Johnson durante la Guerra de Vietnam, cuando después de retener varios años a su secretario de Defensa, Robert McNamara, su desgaste lo obligó a destinarlo a la presidencia del Banco Mundial.
Ese mismo camino hacia el Banco Mundial lo recorrió, a comienzos de 2005, el segundo hombre del Pentágono, Paul Wolfowitz. Veremos qué ocurre ahora, porque siempre ha sido difícil -en el mundo de las armas nucleares, poco menos que imposible- separar los problemas militares de la política general, o poder designar un área precisa de cuestiones de política militar para que decidan los militares, separada de otra área de política general para que decidan exclusivamente los políticos.
Hoy en día, el político debe adquirir conocimientos especiales sobre los aspectos que hacen a la seguridad nacional, incluyendo, obviamente, el aspecto militar, mientras que los militares, por su parte, deben aceptar también la obligación de agregar a sus conocimientos habituales aquellos que hacen a los temas de la historia y la conducción del Estado. Porque en estos tiempos la profesión militar puede, eventualmente, verse íntimamente envuelta en los procesos políticos nacionales, aunque ello no sea en los Estados Unidos el resultado de ninguna búsqueda consciente de poder político por parte de los militares, sino el inevitable producto de las nuevas responsabilidades mundiales de ese país y de la actual revolución en materia de tecnología militar. Pero en toda democracia el poder es inseparable de la responsabilidad y, de acuerdo con eso, el estamento militar tiene la ineludible obligación de ejercer el poder que le ha sido, más que conferido, impuesto, con sabiduría y limitación. Claro está que todo esto trae aparejado el problema de la injerencia de los militares en política y, sobre todo, algún eventual cuestionamiento acerca del control civil sobre el poder militar. Este principio, que tiene sus raíces en la constitución norteamericana y en muchos siglos de tradición anglosajona, ha servido muy bien a los Estados Unidos. Además, se considera indispensable para la preservación del gobierno democrático e igualmente forzoso para la efectividad del poder militar.
Ahora bien: en los Estados Unidos ha habido hasta ahora poderosas barreras para impedir el establecimiento de un poder político-militar. Entre ellas: el profundo sentimiento civil y democrático de su sociedad, el sistema de reclutamiento de los oficiales, los fuertes vínculos de los soldados profesionales con los valores políticos y sociales de la sociedad democrática de la cual provienen, y también la permanente tradición, firmemente enraizada en la estructura de las costumbres militares norteamericanas, de que el cuerpo de oficiales debe ser apolítico. Y todo esto tiene, realmente, mucho arraigo.
En los Estados Unidos, los militares están de acuerdo con los valores básicos de su sociedad. De tal modo, se estima que la profesión militar es buena representante de los principales elementos que conforman la sociedad norteamericana. Así las cosas, el principio de la supremacía del poder civil sobre el poder militar todavía permanece incólume, a pesar de la enorme expansión del poderío y la influencia de las fuerzas armadas.
Pero, por supuesto, aun en las sociedades más democráticas, como la estadounidense, hay diferencias de modo y espíritu entre el soldado profesional y el político o el hombre de Estado. El político debe moverse con extremada prudencia en un fluido ámbito, donde a menudo se confunden los fines con los medios. Además, el político sólo tiene objetivos preestablecidos en el sentido más general del término. El exceso de previsión podría incluso dificultar sus movimientos. En cambio, el militar opera de otro modo. Sus objetivos están claramente predeterminados y definidos. Entonces, planifica con anticipación sus necesidades y dispone de sus fuerzas de tal modo como para alcanzar aquellos objetivos. Por ello se ha llegado a decir que, en cuestiones militares, la flexibilidad es un mal innecesario y que la ambigüedad puede fácilmente costar vidas. En cambio, en política, la flexibilidad es la regla primordial y la ambigüedad, un instrumento a veces esencial.
La subordinación del poder militar a la autoridad civil no constituyó, pues, en los Estados Unidos, ningún problema, y todavía hoy, a pesar de la crítica ejercida por algunos generales retirados, con el pedido de renuncia al secretario de Defensa -sobre todo, por los motivos que la han determinado-, no se vislumbra que pudiera llegar a serlo. Sin embargo, en razón de las diferencias de entrenamiento y de percepción que existen entre el soldado y el político, la posibilidad de desconfianza y hasta la hostilidad mutua es siempre potencial, y mucho más en momentos de grave amenaza para la seguridad nacional.
En tales casos, en los Estados Unidos el experto consejo de los jefes militares es indispensable para los líderes políticos. Pero, por otra parte, los políticos deben evaluar también una enorme variedad de cuestiones que no son técnicas, incluyendo la interacción de distintos intereses de una sociedad pluralista en un mundo igualmente pluralista. Y esto puede implicar interminables negociaciones y transacciones, proceso que a menudo sorprende e irrita a los expertos militares, ya que tienden a considerarlo poco eficiente y hasta peligroso para la seguridad nacional. Para resumir este fenómeno, podría decirse que los expertos militares, que saben lo que debería hacerse, quedan a merced de los políticos, que saben lo que en definitiva podrá hacerse. De este modo, no puede resultar difícil comprender que los militares, entregados a su carrera, alguna vez hayan sentido la patriótica tentación de descender a la arena del conflicto político. Pero esto no ha ocurrido con demasiada frecuencia en los Estados Unidos, y tampoco es lo que está ocurriendo hoy, ya que sólo se está tratando -como señala Tokatlian- de rechazar la reforma radical de la organización funcional y la cultura institucional de las fuerzas armadas; del fastidio por la continua ideologización y manipulación del uso de la fuerza; de la crítica a un plan de combate en Irak que está llevando a que la guerra se pierda no sólo en Bagdad, sino en Estados Unidos, y a un intento de no cargar con la responsabilidad de un eventual segundo Vietnam.
Así las cosas, parecería que hubiera hoy más reflexión y prudencia en los generales que en el propio secretario de Defensa, como si se hubieran invertido los papeles y los militares supieran mejor que los políticos lo que realmente se puede hacer. Por eso es explicable la conducta crítica de los generales retirados, porque saben que en los Estados Unidos hay consenso en cuanto a que la efectividad de sus fuerzas armadas depende del mantenimiento de su prestigio, pero ello no significa que ignoren que también se les demanda apolítica integridad profesional. Porque, precisamente, por su carácter de institución apolítica, las fuerzas armadas estadounidenses han disfrutado, durante la mayor parte de su historia, del apoyo virtualmente unánime del pueblo norteamericano, manteniéndose fuera de los ataques de los partidos. Este ha sido hasta ahora el marco y contexto de interpretación en que se ha situado cualquier eventual discrepancia o conflicto surgido entre el gobierno de los Estados Unidos y los jefes de sus fuerzas armadas, desde una cuestión presupuestaria, hasta la situación de los homosexuales dentro de ellas, como ocurrió durante la administración del presidente Bill Clinton. Y, por nuestra parte, no creemos todavía que esta fuerte crítica por parte de media docena de importantes generales con pedido de renuncia al secretario de Defensa Donald Rumsfeld esté modificando la plena vigencia del marco y contexto que acabamos de describir, aunque el eventual estallido de otro grave conflicto en el área, con Irán, mucho más peligroso todavía que el que se mantiene con Irak, podría producir un dramático cambio, no sólo dentro de los Estados Unidos sino en el orden internacional.
El autor es diplomático, escritor y periodista.
- 28 de septiembre, 2026
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