El viaje de Plinio Apuleyo Mendoza

El legendario periodista que abandonó el fervor socialista en favor de los principios liberales clásicos.
8 de septiembre, 2026
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Acaba de fallecer, a los 95 años, uno de los más grandes periodistas de América Latina. Plinio Apuleyo Mendoza, el colombiano con quien tuve el honor de ser coautor de cuatro libros (junto con un tercer autor, Carlos Alberto Montaner, que también ha fallecido), encarnaba tanto la tragedia como la promesa de la región a la que pertenecía.

Hijo de un abogado y destacado dirigente del Partido Liberal —una de las dos fuerzas políticas históricas del país—, Plinio participó activamente en la izquierda revolucionaria; abrazó la Revolución Cubana, cuya agencia oficial de noticias, Prensa Libre, dirigió en su país natal; y, durante su larga estancia en París, formó parte del movimiento internacional de izquierda que, desde la Ciudad de la Luz, apoyaba todas las causas antiestadounidenses y prosocialistas alrededor del mundo. En Colombia, mantuvo una estrecha relación con grupos de la resistencia armada y con el famoso sacerdote Camilo Torres, que murió luchando en el movimiento guerrillero comunista.

Pero lo que distinguía a Plinio es que, casi como una excepción entre los intelectuales latinoamericanos, tuvo el valor de romper con la izquierda y defender la democracia liberal, el Estado de derecho, la libre empresa y los valores republicanos. Lo hizo décadas antes de que estuviera de moda hacerlo y cuando ello conllevaba un alto precio: quedar excluido del periodismo y del mundo editorial, la marginación cultural y, tal vez, el asesinato.

De hecho, años más tarde, el Ejército de Liberación Nacional (ELN) intentó asesinarlo con una carta bomba. Pero, lejos de dejarse intimidar, redobló su lucha en solitario contra las utopías revolucionarias que habían sumido a América Latina en un baño de sangre, habían contribuido a llevar al poder a dictaduras militares de extrema derecha y habían canalizado las energías de generaciones de jóvenes hacia la violencia y las ideas empobrecedoras.

Casado con la destacada pintora Patricia Tavera (su segunda esposa), él y yo asistíamos a conferencias y simposios y manteníamos conversaciones privadas a ambos lados del Atlántico. Siempre lo admiré por el hecho de que tantos años de luchas frustrantes no hubieran empañado su buen humor, su calidez y, sobre todo, su esperanza en la prosperidad de su región. Su prosa seguía siendo brillante. (Aunque escribió tres novelas, sus crónicas, artículos de fondo y textos autobiográficos eran los géneros en los que destacaba).

Decir que su lucha terminó en derrota sería injusto, pero afirmar que triunfó tampoco sería cierto. Lo que sí se puede decir es que el tiempo le dio la razón. Basta con fijarse en los horrores en los que se han convertido Cuba y la Venezuela chavista para darse cuenta de ello, así como en todo lo que salió a la luz tras la caída del Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética. Esto no significa que las ideas contra las que luchó con tanto valor hayan sido derrotadas, ni que no haya retrocesos cada vez que las cosas parecen mejorar. Basta con fijarse en Colombia, donde, durante cuatro años antes del reciente cambio de gobierno, un exrevolucionario delirante, Gustavo Petro, gobernó tras ganar unas elecciones, a pesar de las lecciones que los votantes supuestamente habían aprendido de la experiencia de la vecina Venezuela. (Dos millones de venezolanos han huido a Colombia en los últimos años).

Al decidir darle a Petro la oportunidad de gobernar, los colombianos habían perdido de vista el hecho de que, en los últimos 50 años, el país —dotado de abundantes recursos naturales: petróleo, carbón, oro, cobalto, tierras agrícolas que producen flores y café de fama mundial, etc.— había pasado de un producto interno bruto per cápita (en términos de paridad de poder adquisitivo) de 3.000 dólares estadounidenses a 23.000 dólares. A diferencia de otros países latinoamericanos, la Colombia democrática y liberal —a pesar de sus numerosas imperfecciones y en medio de la violencia terrorista y el crimen organizado— había resistido. La economía, aunque sin grandes logros, había progresado poco a poco.

Los colombianos pusieron todo eso en peligro al elegir a Petro, cuyas ideas, a diferencia de las de Plinio Apuleyo Mendoza, nunca evolucionaron. Petro no destruyó el país porque las instituciones colombianas son más sólidas que las de Venezuela, pero sí lo dañó y sumió las finanzas del Estado en el caos. Colombia tiene uno de los peores déficits fiscales del mundo. Todo ello hace que el reto al que se enfrenta el nuevo gobierno sea titánico.

Plinio no llegará a ver lo que suceda, pero si su país y la región prosperan en las próximas décadas, habrá sido, junto con un pequeño grupo de intelectuales visionarios, uno de los principales artífices de ese final feliz.

Traducido por Gabriel Gasave

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