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Los motivos para no invadir Irak
28/1/2003
David R. Henderson

“Saddam Hussein es un loco con armas de destrucción masiva, y por lo tanto necesitamos librarnos de él.” Hemos oído palabras en este sentido por parte de varios partidarios de invadir Irak. Pero ninguno de ellos ha expuesto nunca convincentemente por qué piensan que Hussein es un loco. En los hechos, no sé de evidencia alguna acerca de que sea un insano. Tenemos si una cantidad justa de evidencia de que Saddam Hussein es una mala persona. Pienso además que es un individuo racional, en el sentido estrecho de esa palabra. Es decir, responde a los incentivos. Y su respuesta racional a los peligrosos incentivos que el Presidente Bush ha establecido para Hussein deberían asustarnos.

Los economistas consideran que usted puede comprender mucho sobre el comportamiento humano entendiendo primero los incentivos que esos seres humanos enfrentan. Considere el incentivo que Bush padre estableció para Saddam Hussein. En 1991, poco antes de la Guerra del Golfo, el más viejo Secretario de Estado de Bush, James Baker, indicó que si Hussein utilizaba armas químicas contra la coalición internacional liderada por los EE.UU., Bush consideraría “la más fuerte respuesta posible.” La mayoría de la gente entendió en ese entonces que éste era un eufemismo de la administración Bush para referirse a las armas nucleares. Aunque Bush padre ha dicho muchas veces desde entonces, que él nunca consideró seriamente utilizar armas nucleares, no tuvo que hacerlo. Hussein entendió el mensaje. Cualquiera fuese la sabiduría de la amenaza de Bush, Hussein respondió racionalmente: se contuvo de usar armas químicas en la Guerra del Golfo.

Pero ahora Bush (h) dice que él desea librarse de Saddam Hussein. Usted podría argumentar que esta es una pose y que Bush realmente no quiere decir eso. Pero ¿quién cree eso? Probablemente una de las creencias más sinceras que George W. Bush tiene es la de que Hussein debiera irse.

Y seamos aquí honestos. Bush no desea que se vaya a Suiza. Todos entendemos que el Presidente Bush quisiera que Saddam Hussein muriese. Alguien que entiende eso particularmente bien es Saddam Hussein.

Por lo tanto, considere ahora cómo las palabras y las acciones de Bush (h) han cambiado los incentivos para Hussein. Él tiene una buena razón para creer que el Presidente Bush lo desea muerto. Por lo tanto, sabe también que la gente de Bush está probablemente preparando, si no los ha preparado ya, planes para matar a Hussein. ¿Cuál es la mejor respuesta de Hussein? Si él es tan malvado como George W. Bush y yo pensamos que lo es, entonces él se encuentra indiferente entre morir solo y arrastrar a 1.000.000 de iraquíes inocentes con él. De hecho, puede ser que prefiera realmente morir con una mancha. Por ende, muchos iraquíes inocentes podrían morir porque Hussein se oculta entre ellos u ofrece resistencia. Por otra parte, si Hussein es tan malvado como George Bush y yo pensamos que lo es, entonces preferiría arrastrar a algunos otros cientos de miles de personas inocentes—quizás a los israelíes o tal vez incluso a los estadounidenses—con él.

Por lo tanto, si deseamos evitar las muertes de muchos iraquíes inocentes, y posiblemente la de estadounidenses e israelíes inocentes, George Bush tiene dos alternativas. La opción de riesgo elevado es ir tras Saddam Hussein cuanto antes con un ataque sorpresivo. Nótese que dije “ir tras Saddam Hussein,” no “ir tras Irak.” En la disyuntiva entre ser el único blanco y ser uno entre un millón de blancos iraquíes, Hussein preferirá mucho más lo segundo. Por un lado, le ayudaría a morir con un gran mancha; por el otro, la matanza por parte de EE.UU. de muchos iraquíes inocentes lo ayudaría a alcanzar un legado—la unificación de los mundos árabe y musulmán contra los Estados Unidos. Probablemente la manera de ir tras Hussein individualmente sería empleando un escuadrón para asesinarlo.

Existe una segunda alternativa. Ella sería que Bush comunicase, de un modo creíble, que ya no desea sustituir a Saddam Hussein. En síntesis, Bush podría recular.

Ambas opciones son difíciles. La primera es difícil porque Hussein se encuentra bien protegido. Un problema aún más serio con la primera opción es que si Hussein fuese asesinado, podría aún tener tiempo para soltar su terror. La segunda opción es complicada dado que todos conocemos los verdaderos deseos de Bush para el futuro de Hussein.

Para alcanzar la segunda opción, por lo tanto, el Presidente Bush tendría que comunicar creíblemente que sus deseos han cambiado. Una forma de hacer esto último es que Bush considere seriamente la más reciente oferta de Saddam Hussein de permitir a los inspectores de armas. Bush y su gente afirman que Hussein se encuentra tan solo tratando de comprar tiempo, y puede ser que tengan razón. Puede ser también que estén equivocados. El 3 de agosto, el portavoz de Bush, el Subsecretario del Departamento de Estado para el Control de Armamentos, John Bolton, dijo a la BBC, “Nuestra política. . . insiste en un cambio de régimen en Bagdad ” y agregó que “esa política no será alterada por el ingreso o no de los inspectores.” Por lo cual, un movimiento de buena fe de Bush para hablar con Hussein sería una comunicación creíble de que los deseos de Bush han cambiado. Si, como dijo Bolton, ningún programa concebible de inspección de armas satisfaría a Bush, entonces estamos de nuevo en mi punto acerca de los incentivos. El incentivo para Hussein, si sabe que de todos modos morirá, es el de lastimar a mucha gente inocente.

El pasado mes de Junio, en la Escuela Naval de Postgrado en Monterrey, presenté los pensamientos precedentes durante una conferencia que brindé ante cerca de quince almirantes y otros oficiales en general de las fuerzas armadas de EE.UU.. La discusión resultante fue, como usted podría esperarlo, absolutamente animada. Interesantemente, aun aquellos que más vociferaban en contra de mi conclusión no desafiaron mi razonamiento sobre los incentivos. La única persona en el cuarto que afirmó encontrar un error, señaló que era inverosímil que las cosas sucediesen como yo lo pensaba. Coincidió conmigo respecto de que Saddam Hussein es racional. Esa, dijo, era precisamente la razón por la cual no se cumpliría mi resultado pesimista. El punto de este almirante era que si Saddam Hussein realmente se convenciese de que lo asesinarían o de que su país sería atacado, estaría de acuerdo en permitir a los inspectores de armas de la ONU en Irak. Convine con el almirante que este era un resultado probable si Saddam Hussein creyera que eso entretendría a George Bush de su objetivo declarado de derrocar al régimen de Hussein. Contesté que no estaba convencido de que eso aplacaría a George Bush y, fundamentalmente, que no pensaba que Hussein estuviese convencido tampoco.

La reacción de este Almirante fue interesante. “Si Saddam Hussein acordase permitir a los inspectores de armas en Irak,” discrepó, “¿qué argumentos tendríamos para atacar Irak? Los Estados Unidos no van por allí haciendo la guerra contra países sólo porque no nos gustan sus gobernantes. Obedecemos el derecho internacional.”

Miré alrededor del cuarto y vi a otros almirantes cabeceando en asentimiento con su colega. “Corríjanme si estoy equivocado,” dije, “pero yo creo que la invasión de EE.UU. de Panamá violó claramente el derecho internacional. ¿Estoy equivocado al respecto?” Siguió un largo silencio.

Por supuesto es posible que las inspecciones de armas pudiesen proceder pero que los inspectores hiciesen un mal trabajo. En ese caso, Saddam Hussein podría continuar desarrollando y construyendo armas de destrucción masiva. Pero ponga esto en perspectiva. Muchos gobiernos malvados y sanguinarios desarrollan armas de destrucción masiva. Ese hecho por sí mismo no significa que esos gobiernos utilizarán esas armas contra los Estados Unidos. Y, según lo observado anteriormente, el gobierno iraquí nunca ha utilizado armas de destrucción masiva contra los Estados Unidos y ni siquiera está amenazando con hacerlo ahora, excepto en defensa propia. Hay algo terriblemente erróneo en un gobierno que hace la guerra contra gente en otro país simplemente porque el gobierno de ese país desarrolla armas repugnantes. Ese es ciertamente el pensamiento de los almirantes antes mencionado.

Por otra parte, si la simple producción de tales armas, combinada con el control de las mismas por un gobierno malvado, fuese suficiente justificación para la guerra, entonces el gobierno de Estados Unidos debería atacar a Corea del Norte, Irán, China, y a un puñado de otros países.

La manera de hacer más probable que dichas armas sean utilizadas contra los EE.UU. es hacer que nuestro gobierno continúe atizando su bastón militar en los avisperos de las jerarquías alrededor del mundo. Esa, seguramente, debería haber sido una lección del 11 de septiembre. Una de las mayores quejas de Osama bin Laden era que las tropas de EE.UU. se encontraban estacionadas en suelo Saudita. Si no hubiese sido por la Guerra del Golfo de 1991, no hubiésemos tenido un punto de apoyo para nuestras tropas en Arabia Saudita y, con toda probabilidad, esas tropas no hubiesen estado allí en 2001. En ese caso, podría ser que no estuviésemos de luto por las 3.000 personas muertas este próximo septiembre. Interesantemente, fue esta clase de intromisión, principalmente por la administración Reagan, la que alentó a Saddam Hussein a convertir a su país en una potencia militar ofensiva. El hecho simple es que cuando un gobierno interviene en los asuntos de otro gobierno, consecuencias involuntarias, muchas de ellas malas, a menudo resultan.

Por supuesto, es posible que Saddam realmente no posea muchas armas de destrucción masiva. Pero si es así, entonces ¿por qué esta seria discusión de invadir Irak en primer lugar? Ya sea que él tenga las armas o no. Si no las tiene, dejemos que nuestro gobierno permanezca fuera. Si las posee, entonces dejemos que nuestro gobierno piense cuidadosamente sobre los incentivos que Saddam Hussein enfrenta, de modo tal que mucha gente inocente, incluyendo a algunos de nosotros, no muera.

Traducido por Gabriel Gasave




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