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Devolver la defensa a la política estadounidense en materia de defensa
12/4/2012
Ivan Eland

Ahora que la segunda de las dos guerras de contrainsurgencia, la de Afganistán, parece estar encaminada hacia una distensión—en virtud principalmente del menguante apoyo del público estadounidense a favor de ese atolladero—es un buen momento para preguntarse qué tipo de fuerzas armadas deberían tener los Estados Unidos en el futuro.

Si bien el Ejército estadounidense ha soportado el embate de los combates en Afganistán e Irak y cuenta con equipo que ha sido excesivamente utilizado y aporreado por años de lucha, la nueva estrategia militar de la administración Obama está actualmente minimizando la posibilidad de otra guerra terrestre importante y concentrándose en el poderío aéreo y marítimo.

Sorprendentemente, esta es una buena idea, pero la manera de pensar de la administración precisa ser significativamente modificada. El gobierno—pese a los abismales déficits presupuestarios tanto de su predecesor como los propios, a los que se siguen sumando billones de dólares (trillones en inglés) de la ya descomunal deuda nacional que actualmente es de 15 billones—ha desarrollado la estrategia militar de un imperio en decadencia. El énfasis de la estrategia en el poder aéreo y marítimo por desgracia continúa con la proyección mundial del poderío estadounidense.

No obstante, tanto desde la perspectiva de un presupuesto abismal como de la Constitución estadounidense, los EE.UU. necesitan un dramático apartamiento de sus actuales ambiciones de abarcar el planeta. Los Estados Unidos ya no pueden solventar este imperio mundial, que siempre ha sido inconstitucional. La Constitución establece claramente que el gobierno, en particular el Congreso, debería “proveer a la defensa común”. Los fundadores de la nación habrían violentamente disentido con el lema del otrora presidente George W. Bush de que la “mejor defensa es un buen ataque”. En la Convención Constituyente de 1787, los fundadores, sobre la base de las malas experiencias con los monarcas europeos del siglo 18, fueron de lo más temerosos respecto de un Ejecutivo fuerte que utilizase a un ejército permanente para involucrar al país en guerras exteriores de intriga; sabían que el costo de esas guerras, tanto en sangre como en dinero, recaían en el ciudadano común. Desde la Segunda Guerra Mundial, sin embargo, la versión de los fundadores de la moderación militar ha sido sacada a empellones en favor de un presidente imperial que ignora la facultad constitucional de hacer la guerra del Congreso y mete al país en muchas riñas imperiales de ultramar.

Los problemas económicos y presupuestarios y las trampas de alquitrán de Afganistán e Irak han puesto de mal humor a la élite de la política exterior estadounidense respecto de llevar acabo costosas guerras terrestres, pero el ascenso de China les ha permitido a la Armada y la Fuerza Aérea, pequeños participantes en los dos últimos conflictos de contrainsurgencia, renovar con éxito la presión a favor de una proyección mundial del poderío marítimo y aéreo.

Debido a que los Estados Unidos pueden tener la mejor seguridad interior que cualquier otra gran potencia en la historia mundial—con dos grandes fosas oceánicas, vecinos débiles, y armas nucleares—es prudente brindarle más énfasis a las fuerzas aéreas y marítimas que a las fuerzas terrestres. Pero configurar a esas fuerzas a fin de proyectar poder ofensivo es algo costoso e innecesario.

El Ejército activo e incluso la Infantería de Marina deberían ser significativamente reducidos, transfiriendo a algunas de las fuerzas escindidas a la Guardia Nacional y las Reservas que resultan más baratas y que pueden mantenerse en un alto estado de presteza para su activación ante una emergencia nacional grave. Además, esta transferencia ayudaría a integrar mejor al Ejército voluntario con los ciudadanos de la nación y evitar a la vez la conscripción.

La Armada y la Fuerza Aérea precisan ser reconfiguradas para una postura defensiva más económica. El número de unidades de combate aéreo tácticas de la Fuerza Aérea puede ser significativamente reducido, dado que la mayor parte de las fuerzas aéreas del mundo son mucho menos capaces que la de los Estados Unidos y no pueden proyectar poder aéreo a fin de alcanzar las costas estadounidenses. Además, los aviones no tripulados menos costosos podrían sustituir a algunos aviones tripulados.

El número de portaaviones de la Armada necesita ser drásticamente reducido y la Armada reconfigurada para dar énfasis a los submarinos. Los aviones navales basados en los portaviones proporcionan mucho menos poder aéreo que las aeronaves de la Fuerza Aérea durante una guerra total ya que deben llevar cargas más ligeras debido a lo corto de las pistas de despegue. Los portaviones son principalmente para exhibir la proyección de poder y la guerra especializada cuando no están disponibles bases en tierra. Uno podría pensar que los portaviones deberían ser más valiosos en la actualidad, dado el cambio de énfasis de Obama hacia el teatro del Pacífico, pero su vulnerabilidad, y la casi certeza de que otros países harán que las bases de tierra estén disponibles para la Fuerza Aérea estadounidense durante una gran guerra contra China, los torna de dudoso valor. La historia reciente ha demostrado que el submarino es probablemente el arma más poderosa en el mar, pero es utilizado principalmente para negar al enemigo acceso a las aguas en lugar de para controlarlas. Además, los problemáticos Buques de Combate Litoral, una pequeña embarcación que se utiliza para proyectar poderío frente a las costas enemigas, deberían ser desechados debido a la transición hacia una estrategia más defensiva y porque sus pobres defensas requieren una operación sólo con barcos más grandes.

La mayor parte de los futuros sistemas de armas del Ejército ya han sido cancelados debido a los excesos de costes, el pobre desempeño, los retrasos de producción, o la inviabilidad presupuestaria. Pero ese es un problema menor si el Ejército es utilizado sólo con fines defensivos; los tanques M-1, los vehículos de combate Bradley, los helicópteros Apache y Kiowa y los Humvees (vehículos todo terreno) existentes pueden ser actualizados más económicamente con nuevos sensores y armamentos. De hecho, teniendo en cuenta el rápidamente cambiante mundo de los componentes electrónicos, que son tan importantes en el moderno campo de batalla, las fuerzas de todos los servicios pueden obtener actualizaciones más rápidas mediante la modificación de las antiguas plataformas con nuevos sensores y armas que si esperan una década o más por las nuevas plataformas con electrónicos que para entonces serán obsoletas.

Un estudio reciente demostró que los Estados Unidos podrían impactar todos los objetivos necesarios para devastar una gran potencia rival con sólo unos pocos cientos de ojivas atómicas. Los Estados Unidos deberían de manera unilateral avanzar hacia una fuerza de disuasión nuclear mínima. Los costosos e ineficaces programas de defensa antimisiles deberían ser desechados.

Finalmente, el hecho de recortar unidades aéreas de la Fuerza Aérea, portaaviones de combate de la Armada y divisiones y brigadas del Ejército permitiría una significativa reducción de personal, la parte más costosa de las fuerzas armadas.

Por lo tanto, unas fuerzas armadas mucho más ágiles y defensivamente orientadas podrían salvaguardar la seguridad de la nación en una época de crisis económica y fiscal, especialmente si el inminente secuestro del presupuesto a comienzos de 2013 realmente ocurre. Durante la calamidad fiscal nacional, todas y cada una de las instituciones deben hacer sacrificios; las fuerzas armadas no son una excepción.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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