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Los Estados Unidos son un gran país, pero su actitud en el exterior precisa mejorar
7/3/2012
Ivan Eland

Desde la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos han llevado a cabo una política exterior intervencionista que históricamente resulta atípica. La mayor parte de los estadounidenses son ajenos a los datos que demuestran claramente que los Estados Unidos han sido la nación más agresiva del mundo durante el período de la posguerra—de hecho, fueron la más agresiva incluso durante la Guerra Fría cuando su archi-enemigo, la Unión Soviética, todavía merodeaba por allí.

Cuando se los enfrenta a estos hechos, tanto los responsables políticos como el público estadounidense simplemente asumen que dicha intervención estuvo justificada porque los Estados Unidos estaban (y siempre parecen estar) “en lo correcto”. Sin embargo, un análisis más detallado del comportamiento del gobierno de los EE.UU. debería poner a tales supuestos en tela de juicio.

En el pasado, los Estados Unidos han derrocado gobiernos democráticamente electos, por ejemplo, Irán en 1953 (iniciando una cadena de acontecimientos que culminaron en la actual fricción con ese país), Guatemala en 1954, el Congo en 1960, República Dominicana en 1965, y Chile en 1973. Además, los EE.UU. han fracasado en otros intentos de derrocar a los gobiernos de países hostiles como el de la Cuba castrista. Los Estados Unidos han invadido muchos países cuando la seguridad estadounidense difícilmente estaba en juego—por ejemplo, el Líbano en 1958, Camboya en 1970, Grenada en 1983, Panamá en 1989 e Irak en 2003. En 1995, los Estados Unidos amenazaron con invadir Haití.

Numerosos ataques cuestionables incluso contra otros países han sido llevados a cabo durante el período de la posguerra—Laos en los años 60 y comienzos de los 70, Libia durante los años 80, Bosnia en 1995, Irak en 1998, Kosovo en 1999, y Libia en 2011. Durante la Guerra Fría, los Estados Unidos se enredaron en grandes e innecesarias guerras de matorrales en Corea y Vietnam. Luego vinieron las fallidas misiones “pacificadoras” en el Líbano en la década de 1980 y Somalia en los años 90.

Y, por supuesto, no nos olvidemos de las innecesarias ocupaciones de Afganistán e Irak tras el inicio del siglo 21, que acrecentaron, no disminuyeron, el terrorismo.

Incluso algunos “éxitos” estadounidenses fueron un fracaso. Los Estados Unidos ayudaron a los “luchadores por la libertad” afganos a expulsar a los soviéticos de Afganistán, sólo para ver que la resistencia se transformó en la única amenaza extranjera importante para el territorio continental de los Estados Unidos desde la Guerra de 1812. El episodio de la primera Guerra del Golfo Pérsico contra Irak fue contraproducente para garantizar que el petróleo llegue al mercado mundial. En Libia, después de que los EE.UU. ayudaron a derrocar al régimen de Gadafi, numerosas milicias basadas en tribus se han negado a desarmarse y probablemente causarán problemas en el futuro.

Más recientemente, los Estados Unidos han visto a su ocupación de Afganistán que lleva ya 10 años arrastrarse a la ruina cuando las fuerzas militares estadounidenses quemando copias del Corán y profanando cadáveres talibanes. Al igual que con la masacre de My Lai en Vietnam y las espeluznantes fotografías del abuso de prisioneros por parte de militares estadounidenses en la prisión de Abu Ghraib de Irak, los habitantes de los países ocupados rara vez conceden a los intrusos extranjeros el beneficio de la duda. Por lo tanto, los esfuerzos estadounidenses por ganar “los corazones y las mentes” de la población local pueden ser arrojados al caos por el mal comportamiento de las fuerzas de los EE.UU., dejando a los estadounidenses perplejos por la ingratitud de los lugareños para con el sacrificio de vidas estadounidenses en “defensa” de su país.

Recientemente, en respuesta al incidente de la quema del Corán en Afganistán, un editorial de The Washington Post opinó: “Deseamos que los afganos que ahora denuncian a los estadounidenses como sus enemigos reconocieran los enormes sacrificios hechos por la gran mayoría de los soldados estadounidenses”. El periódico también lamentó “el alto precio que los estadounidenses han pagado defendiéndolos”. Podría ser una expresión de deseos esperar que The Washington Post (y otros estadounidenses) se percaten de que los afganos tuvieron su país invadido y muchos han sido objeto de redadas nocturnas, destrucción de su propiedad, y otras humillaciones por ocupantes extranjeros. Aunque los talibanes son brutales, tienen una cualidad positiva avasallante a ojos de la población local—son afganos.

Incluso cuando no atacan militarmente a países hostiles, los Estados Unidos a menudo lo hacen económicamente—por ejemplo, mediante la imposición de sanciones económicas a países como el Panamá de Noriega, la Cuba de Castro, el Irak de Saddam Hussein y el Irán de los ayatolás. Cuando los países se encuentran bajo un ataque militar o económico, sus poblaciones tienden a “agruparse en torno a la bandera”. Eso quedó demostrado recientemente en los comicios iraníes, donde el índice de participación fue elevado para demostrar determinación contra un ataque económico exterior y la amenaza de un ataque militar. Tales sanciones económicas pueden desgastar por un tiempo, pero la historia demuestra que otros países, ya sea abiertamente (como India) o clandestinamente (tal vez China o Rusia), comerciarán con Irán y ayudarán a disipar sus efectos; es improbable que las sanciones pongan fin al programa nuclear de Irán.

En Egipto, Rusia y otros países alrededor del mundo, los Estados Unidos financian a grupos que se inmiscuyen en el proceso político para promover la democracia. Sin embargo, los Estados Unidos son muy quisquillosos cuando otros países procuran influir en las elecciones estadounidenses. Además, los Estados Unidos a menudo predican a los países que desarrollen un poder judicial independiente, pero cuando grupos financiados por el gobierno estadounidense violan las leyes de otros países, como lo hicieron en Egipto, presionan extrajudicialmente al gobierno local para lograr que el personal de esas agrupaciones sea puesto en libertad.

Finalmente, los Estados Unidos están esgrimiendo la posible eliminación de la lista estadounidense de organizaciones terroristas de un grupo anti-Irán—los Mujahedin-e Khalq (MEK), que ha tenido roces con el gobierno de Irak que es pro-iraní—como forma de presionar a la agrupación a fin de que se traslade a una nueva ubicación en Irak y quizás eventualmente fuera del país. La amenaza estadounidense no sólo es un mal uso del listado estadounidense de terroristas—se supone que la lista debe identificar a los grupos y países que están involucrados en el terrorismo, no para ser utilizada como moneda de cambio a efectos de obtener lo que los EE.UU. desean—sino que también viola el derecho internacional al obligar a la gente a moverse fuera de su tierra.

Si los estadounidenses estuviesen más expuestos a todas estas acciones históricas y recientes del gobierno de los Estados Unidos contra pueblos extranjeros—y rara vez lo están—tal vez se sentirían más avergonzados de la política de su gobierno y presionarían a sus líderes a ser en el futuro más moderados en el exterior.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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