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Las raíces torcidas de Paquistán
22/12/2010
Alvaro Vargas Llosa
Washington Post Writers Group

Washington, DC—No trascurre un día sin noticias de la penetración del Estado paquistaní por el fanatismo islámico y la conexión entre los servicios secretos, Inteligence Inter-Services (ISI), y los grupos radicales de Afganistán, incluidos los talibanes.

Afortunadamente para quienes quieren entender mejor a Paquistán —el principal teatro de guerra para Asia y Oriente Medio hoy día—, acaba de estrenarse en Estados Unidos un documental sobre Benazir Bhutto, la ex Primera Ministra asesinada poco después de regresar de su exilio en los días finales del régimen del dictador Pervez Musharraf. Dirigido por Duane Baughman y Johnny O''Hara, “Bhutto” es laudatorio, pero se ofrece suficiente información sobre el asesinato del hermano y enemigo de Benazir, Murtaza, del que la hija de éste la culpa a ella, y las denuncias de corrupción contra Asif Ali Zardari, actual Presidente y ex esposo de la difunta líder, que pasó ocho en la cárcel pero no fue imputado, para que los espectadores se queden pensando.

La contribución más importante de la película, sin embargo, es algo que no constituye su foco principal: la gradual penetración del fanatismo religioso en el Estado y la sociedad pakistaníes desde los años 80.

El padre de Benazir, Zulfiqar Ali Bhutto, el primer Jefe del Estado civil tras la guerra que acabó con Bangladesh separándose de Pakistán en 1971, fomentaba moderadamente al Islam como símbolo nacionalista destinado a poner distancia con Estados Unidos, cuyo respaldo a India hería el orgullo de Islamabad. Fue su sucesor, el general Muhammad Zia ul-Haq, que depuso a Bhutto en un golpe militar y luego lo ejecutó, el que decretó la islamización del país. A diferencia del mundo árabe, donde la dictadura militar ha sido un muro de contención contra el fundamentalismo islámico durante varias décadas, en Paquistán la islamización fue un arma utilizada por el ejército para legitimar su régimen autoritario. Bajo Zia y el ejército paquistaní, la bomba atómica también ayudó a casar el orgullo nacionalista con la legitimidad islámica.

El apoyo dado por Zia, con estrecha cooperación estadounidense, a los muyahidines contra el imperialismo soviético en Afganistán fue determinante para que continuara la propagación del fundamentalismo. A innumerables refugiados que cruzaron la frontera se les dio carta blanca para establecer “madrassas” religiosas. El dictador alentó el crecimiento de la Liga Musulmana de Paquistán, una organización política, para socavar a las fuerzas democráticas, en particular el Partido del Pueblo de Paquistán, de Benazir Bhutto. Nawaz Sharif, quien más tarde se convertiría en gobernante del país, hizo carrera bajo protección de Zia. Tras el fallecimiento del dictador en un extraño accidente aéreo, el ascenso de Sharif se vio facilitado por ISI, entonces dirigido por Hamid Gul y que se había convertido en pieza maestra del “establishment” paquistaní.

Ni a Benazir Bhutto, cuyos dos mandatos fueron truncados por los militares con la ayuda de secuaces civiles, ni a Sharif, quien fue manipulado por los militares, se les permitió establecer una autoridad civil plena. Además, no supieron ver que su interés en común –proteger a las instituciones civiles de la intromisión castrense— era mucho más importante que su legendaria rivalidad.

En la primera década del nuevo milenio, el general Musharraf, que persiguió a Bhutto y a Sharif y trató de hacerse indispensable convirtiéndose en aliado de Occidente en la lucha contra los talibanes y al Qaeda, hizo en la práctica lo contrario de lo que prometió a Washington: precisamente porque los servicios secretos sobre los que descansaba su poder se habían vuelto un bastión de la islamización paquistaní mucho antes de su gobierno, las instituciones de su país continuaron apuntalando a la misma ideología y los mismos grupos violentos que su dictadura pretendía combatir. El asesinato de Benazir Bhutto en Rawalpindi, en diciembre de 2007, gracias a la negligencia de las autoridades y la facilidad con que los fanáticos terroristas operaban en el país bajo la protección de ISI fue la prueba definitiva.

Banazir Bhutto tenía muchos defectos y flaquezas. Su segundo gobierno se vio empañado por escándalos de corrupción, nunca fue capaz de consolidar las instituciones civiles y seculares que defendió en su país, y tardó en comprender los beneficios de la globalización económica. Pero tenía razón en lo más importante: que el pecado original de Paquistán —la razón de su inestabilidad, su política disfuncional y la penetración de su Estado y sociedad por el fanatismo religioso— era la influencia brutal del estamento militar en la corta existencia de esa república. Y lo sigue siendo.

(c) 2010, The Washington Post Writers Group


Alvaro Vargas Llosa es Académico Asociado Senior del Centro Para la Prosperidad Global en The Independent Institute y editor de Lessons from the Poor.



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