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Segregando a los niños de los hombres
21/11/2006
Wendy McElroy

Frances Kemp reservó un asiento junto la pasillo en un reciente vuelo de British Airways (BA) debido a que tenía una pierna en malas condiciones circunstancia que requería espacio extra. Su esposo de 76 años de edad Michael ocupaba el asiento del medio. Una niña de nueve años tomó el lugar junto a la ventanilla.

Cuando una azafata le pidió a Frances que cambiase asientos con su esposo, ella se negó. La azafata explicó que la manera de sentarse violentaba las reglamentaciones sobre el bienestar de los niños de la aerolínea y cambió a la chica de lugar.

Michael es un periodista jubilado sin antecedentes penales; no hizo ningún contacto—ni físico ni verbal—con la niña; no se recibió ninguna queja ni solicitud de cambio de lugar; la madre de la niña se encontraba en otra parte del avión. El bienestar de la niña fue considerado en peligro exclusivamente debido a que Michael era varón.

BA se ha unido abiertamente a las filas de aerolíneas tales como Air New Zealand y Qantas que consideran a todos los hombres como peligrosos para los niños. Resulta difícil saber cuántas otras líneas aéreas comparten esta política en virtud de que la misma rara vez es anunciada y puede ser aplicada de manera invisible cuando los asientos son reservados.

Efectivamente, la propia BA ha venido instituyendo sigilosamente esa política desde al menos 2001 cuando otro ‘reacomodamiento de asientos’ llamó la atención. En respuesta al reclamo del hombre humillado, BA explicó, “Introdujimos la política ... en respuesta a los pedidos de los clientes de que asegurásemos que sus niños no son sentados junto a hombres. Estamos respondiendo a un temor de agresiones sexuales”.

No queda claro por qué las preocupaciones de los padres no pueden ser resueltas reservando cuidadosamente los asientos con anticipación o notificando a la tripulación de la necesidad de ser adicionalmente cuidadosos. Pero algo resulta claro: algunas aerolíneas van a tratar a su padre, esposo o hijo como delincuentes sexuales simplemente debido a que son hombres.

Y las compañías aéreas no evidencian signo alguno de ceder. Por ejemplo, en 2005, Mark Worsley debió cambiar asientos cuando una azafata de Qantas le informó que solamente mujeres podían sentarse junto a niños no acompañados. Cuando presentó una queja, un vocero de Qantas respondió que la aerolínea intentaba “pecar por exceso de cautela” al seguir actuando como si todos los hombres fuesen peligrosos.

Más recientemente y en el Reino Unido, a Boris Johnson—miembro del Parlamento—se le solicitó moverse de su asiento por parte de una azafata de BA. Ellas se echó atrás cuando él explicó que el niño adyacente era su propia progenie. Johnson conmemoró la experiencia en un artículo intitulado “Come off it, folks: how many paedophiles can there be?” (“Vamos compañeros, ¿cuántos pedófilos puede haber por ahí?”).

Si una aerolínea restringiese los asientos a los negros en razón de que la información para 2004 de la Oficina de Justicia establece que los “negros [están] desproporcionadamente representados entre las victimas de homicidios y los delincuentes”, habría un contragolpe de furia. No haría ninguna diferencia que el padre o el ser querido de un pasajero blanco hubiese solicitado la medida de ‘seguridad’.

Pero, a lo largo de las décadas, la cultura occidental ha identificado tan minuciosamente a la propia masculinidad con la violencia y el abuso que las principales líneas aéreas se sienten libres de tratar a los hombres como depredadores. En respuesta al incidente de Qantas, Worsley declaró, “Los hombres han venido siendo demonizados en los medios durante largo tiempo en la actualidad. Considero que probablemente ésta es tan solo una reacción de la sociedad—piensan, ‘Mejor comenzamos a aplicar restricciones a todo’ Se está teatralizando cuando todos los hombres son vistos con desconfianza”.

La política de las aerolíneas no está enraizada ni en los hechos ni en el sentido común.

Información del Departamento de Salud y Servicios Humanos de los Estados Unidos declara “En 2004, 57,8 por ciento de los perpetradores de abuso y abandono infantil fueron mujeres y 42,2 por ciento fueron hombres. “Resulta difícil saber cómo estas cifras se aplican a las inquietudes específicas de las aerolíneas; entre otras cosas, las cifras indican que los abusadores son abrumadoramente los padres o los ‘cuidadores’ y las aerolíneas ponen como blanco a hombres que son desconocidos para los niños. Pero la información resalta lo absurdo de creer que un genero posee el monopolio de la violencia contra los niños.

(El tema específico de la violencia sexual contra los niños es más difícil de analizar según el genero del perpetrador. Las estadísticas están por lo general basadas en casos confirmados estado-por-estado investigados por agencias del bienestar infantil. Un documental de la BBC sostenía que las mujeres cometieron el 25% de todos los casos de abuso sexual infantil. Pero las estadísticas son demasiado inconsistentes, politizadas y pobremente recabadas como para ser confiables)

Pasando de objeciones fácticas a otras de sentido común, es difícil creer que al abuso infantil durante un vuelo sea un verdadero problema. Un avión no es un lugar aislado en los bosques; es un lugar extremadamente público donde el personal de abordo y otros constantemente patrullan los pasillos. No obstante, si existiese un problema, es cual ahora es más de la política que de los padres preocupados por cosas que no han ocurrido, entonces tendría sentido prohibir a los niños sin vigilancia o sentarlos en una sección separada.

Tal como es, la política parece enraizada en poco más que una tendencia peligrosa para retratar a los hombres per se como depredadores.

¿Por qué resulta peligrosa esta tendencia y no meramente insultante? Porque los hombres se están volviendo crecientemente renuentes a ayudar a los niños en situaciones de necesidad, a actuar como maestros y cuidadores, u ofrecer protección.

Un ejemplo desgarrador de las consecuencias de su comprensible renuencia ocurrió en Inglaterra a fines de 2002. Abigail Rae de dos años de edad murió ahogada en una laguna del pueblo; un hombre que la vió en la calle un rato antes había deseado ayudarla pero había tenido medio de ser caratulado como “un pervertido”.

La política perjudica a los niños de un modo más sutil; pueden no confiar más en los hombres per se lo suficiente como para pedir ayuda cuando la precisen. Pueden vacilar en acercarse a un policía o bombero quienes, después de todo, siguen siendo hombres. Ese es le mensaje que las aerolíneas están enviando a los niños. ¿Y cómo está siendo escuchado este mensaje por los muchachos que se convertirán en hombres?

Sentar a los hombres como si fuesen depredadores sexuales es una practica viciosa y discriminatoria que no tiene fundamento alguno ni en los hechos ni en la lógica. En verdad, si lo ilógico de esta política fuese consistentemente prolongada, implicaría vuelos ‘solamente para mujeres y niños’ y la restricción de que los hombres se sienten en teatros y conciertos.

іDejen de segregar a los niños de los hombres!

Traducido por Gabriel Gasave


Wendy McElroy es Investigadora Asociada en the Independent Institute y directora de los libros del Instituto, Freedom, Feminism and the State y Liberty for Women: Freedom and Feminism in the Twenty-first Century.




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