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George W. Bush: ¿El peor presidente desde la Segunda Guerra Mundial?
10/7/2006
Ivan Eland

A pesar de que George W. Bush probablemente no sea el peor presidente en la historia de los Estados Unidos (Woodrow Wilson puede tener ese cuestionable honor), el Presidente puede estar en una contienda por ese título en el periodo que siguió a la Segunda Guerra Mundial. Pese a que todavía le quedan dos años y medio en el cargo y podría concebiblemente orquestar una recuperación al término del mandato, la forma en la que ha conducido su administración hasta le fecha hace que eso sea improbable. Pero el Presidente Bush enfrenta una dura competencia por parte de otras administraciones ulteriores a la Segunda Guerra que fracasaron—las de John F. Kennedy, Lyndon B. Johnson, y Richard M. Nixon.

Debido a su carisma y a que murió antes de tiempo, John F. Kennedy es todavía un icono popular más de cuanta años después de su fallecimiento. Pero la mayoría de los historiadores considera que el público sobreestima su presidencia. JFK fue manso en materia de los derechos civiles y aprobó la desastrosa invasión de Bahía de Cochinos por los exiliados cubanos que intentaban derrocar al régimen de Castro-tan solo para abandonarlos después de que se encontrasen bajo fuego en las playas de Cuba. Pero sus acciones más peligrosas tuvieron lugar antes y durante la crisis de los misiles cubanos, tras la cual fue elogiado por muchos por hacer que el líder soviético Nikita Khrushchev retirase los misiles nucleares soviéticos de la isla.

Los soviéticos comenzaron a instalar misiles de largo alcance en Cuba, en parte, en virtud de los temores de una extensa invasión estadounidense. Sin embargo, JFK y Robert McNamara, el Secretario de Defensa de JFK, reconocían en privado que los misiles soviéticos en Cuba no alteraban el equilibrio nuclear, el cual favorecía a los Estados Unidos. Los misiles en Cuba reducían el tiempo de alerta de los Estados Unidos ante un ataque, pero los EE.UU. no tenían (y aún no poseen) una defensa eficaz contra ataques con misiles. Cuando aparecieron por primera vez los rumores de que misiles soviéticos estaban siendo instalados en Cuba, JFK admitió privadamente que si no hubiese realizado fuertes declaraciones públicas de que esto violaba vitales intereses de seguridad estadounidenses, podría no haber hecho nada respecto de los misiles. Y recientemente ha aparecido información que indica que el hecho de hacer algo acerca de los misiles soviéticos de largo alcance generó un riesgo de holocausto nuclear mayor aún de lo que imaginaban los difundidos temores de la época. Pese al anterior fiasco de Bahía de Cochinos, JFK estaba considerando la invasión de Cuba como una opción (para remover los misiles), esta vez empleando fuerzas estadounidenses. Pero ignorado por él y sus consejeros, los soviéticos habían instalado armas nucleares tácticas de corto alcance para disuadir o defenderse contra cualquier invasión dirigida a sacar los misiles nucleares de largo alcance que estaban instalando. Si los Estados Unidos hubiesen invadido, la crisis podría haber desembocado rápidamente en una conflagración nuclear. Pese a que el favorable equilibrio nuclear estadounidense-soviético no estaba en peligro de ser comprometido, la naturaleza competitiva de JFK le hizo arriesgar la incineración del mundo con tal de superar a Khrushchev.

A pesar de que Lyndon B. Johnson hizo más avances en relación a los derechos civiles que JFK, inició una guerra en una intrascendente y remota región del mundo que sabía que era probable que perdiese (apenas después de que los franceses habían sido derrotado allí) debido a que le temía a las criticas provenientes de la derecha respecto de ser blando contra el comunismo. La guerra sin sentido le costó la vida a 58.000 efectivos estadounidenses y a muchos más vietnamitas y destruyó al país en un intento fallido por salvarlo del comunismo. La impopular guerra provocó un difundido desasosiego interno en los Estados Unidos y, en respuesta, provocó la vigilancia gubernamental de sus propios ciudadanos. Entre los izquierdistas, LBJ se lleva el crédito por el masivo gasto interno del programa de la “Gran Sociedad”, pero a sabiendas arrojó dinero a problemas sociales sin una idea clara de cómo el gobierno podía ser exitoso en resolverlos. Estos programas no tuvieron éxito y la mayoría fracasaron.

Pese a la importante apertura diplomática hacia China de Richard Nixon y la distensión con la Unión Soviética, la masiva corrupción en su administración y el uso indebido tanto del FBI como de la CIA, condenan a sus antecedentes como presidente. También, antes de terminar la guerra en Indochina como había prometido, invadió Camboya, apoyó la invasión de Laos, e indiscriminadamente bombardeó Vietnam—acciones que violaban ambas la Constitución y podrían ser consideradas crímenes de guerra. Al final, Nixon obtuvo un acuerdo diplomático una hoja de higo para el retiro estadounidense que podría haberse conseguido cuatro años antes, evitando de ese modo muchas muertes a causa de la guerra.

Pero George W. Bush puede competir con cada una de estas mediocres luminarias de la presidencia. En lugar de utilizar todos los recursos de la seguridad nacional del gobierno de los Estados Unidos para capturar o matar a Osama bin Laden, el perpetrador de los ataques del 11/09, Bush invadió un país no relacionado con ellos, ha quedado atascado en un atolladero y una guerra civil, y le ha proporcionado de manera no intencional un campo de entrenamiento para y alimentado el odio de un movimiento terrorista jihadista que probablemente atacará objetivos estadounidenses durante décadas. Si hubiese sido el presidente en el inicio de la Segunda Guerra Mundial, Bush hubiese respondido al ataque japonés contra Pearl Harbor y a la declaración nazi de guerra contra los Estados Unidos invadiendo Rumania. Pero sorpresivamente, este fiasco de Irak no es lo más peligroso que el presidente haya hecho. Ha utilizado a la interminable guerra contra el terror para reclamar un poder ilimitado para el presidente durante las épocas de guerra. Por ejemplo, se ha burlado de la Constitución mediante la detención de prisioneros sin juicio previo, espiado a los estadounidenses sin la autorización constitucionalmente exigida, y afirmado abiertamente que respetará una ley contra la tortura sancionada por el parlamento cuando le plazca.

Ninguno de los presidentes de la post guerra han reclamado facultades ilimitadas durante las épocas de guerra o crisis. Este es un reclamo realmente peligroso, especialmente cuando la guerra es perpetua. Las libertades individuales garantizadas a los ciudadanos—rasgo distintivo del sistema estadounidense—podrían estar amenazadas por un autoritarismo ejecutivo aún mayor en el futuro. En la Constitución, en reacción a los morcas despóticos de Europa, los padres fundadores restringieron estrechamente el poder de la rama ejecutiva. El arrogante arrebato de poder de Bush, el cual intenta eviscerar los controles y equilibrios que se encuentran en el corazón de la Constitución de los Estados Unidos, probablemente lo conviertan en el más peligroso—y en consecuencia el peor—presidente en la era posterior a la Segunda Guerra Mundial.


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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