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Es tiempo de despedir a Karl Rove y “Scooter” Libby
3/10/2005
Ivan Eland

Con el testimonio forzado de la reportera del New York Times Judith Miller en su bolsillo, el consejero especial Patrick Fitzgerald es actualmente libre de completar su investigación sobre el “alejamiento” de la administración Bush de la agente encubierta de la CIA Valerie Plame. Fitzgerald podría tener dificultades en probar que dos funcionarios del gobierno-Karl Rove, el despiadado operador político del presidente, y I. Lewis “Scooter” Libby, el Jefe de Personal del Vicepresidente-sabían de la designación encubierta de Plame y violaron la Ley de Protección de Identidades de la Inteligencia al filtrar intencionalmente su identidad. Por otra parte, algunos analistas consideran que Fitzgerald tratará de acusar a Rove y Libby sobre la base de cargos de conspiración, lo que es un caso judicial mucho más fácil de poder plantear. Solamente el consejero especial conoce la fuerza de su evidencia, ya sea que decida presentar acusaciones o no, y sobre qué cargos. Debido a que el plazo del gran jurado expira a finales de octubre, el público debería conocer el resultado de la investigación de Fitzgerald para entonces.

Pero el Presidente Bush tiene ahora la suficiente información como para despedir tanto a Rove como a Libby. Plame fue “alejada” como una venganza por la campaña de su marido, el embajador Joseph Wilson, para desbaratar la dudosa afirmación del presidente previa a la Guerra de Irak de que Saddam Hussein estaba tratando de adquirir uranio en Nigeria para su supuesto programa de armas nucleares. Después de que la CIA enviara a Wilson a Nigeria en febrero de 2002 para investigar los cargos, él concluyó que no existía ningún intento de compra. Sin embargo, casi un año más tarde, en su mensaje sobre el Estado de la Unión del mes de enero de 2003, el Presidente Bush siguió insistiendo con que Hussein había tratado de realizar las adquisiciones. Indignado, Wilson lanzó un esfuerzo público para refutar el juego de manos de la administración. Una vez que la invasión de Irak comenzó y que la administración, en respuesta a la presión del público y de los medios, estaba luchando sin éxito para descubrir un programa nuclear iraquí, la campaña para socavar los hallazgos de Wilson se inició.

Según los abogados de la causa, desde el testimonio de Judith Miller ante el gran jurado ha quedado en claro que Libby le dijo al menos a dos reporteros que la esposa de Wilson trabajaba para la CIA. Testificó, no obstante, que no utilizó su nombre ni reveló que ella era una agente encubierta de la CIA. De manera similar, Rove testificó que habló con dos reporteros acerca de Plame pero insistió en que no mencionó su nombre ni su tarea encubierta en la agencia. Sin embargo, ambos hombres probablemente sabían de su condición de agente encubierto por un informe del Departamento de Estado que circulaba entre los funcionarios de alto rango de la administración sobre la cuestión del “uranio en Nigeria,” el que contenía una sección secreta con información sobre Plame. Como mínimo, incluso el hecho de hablar con los reporteros acerca de la esposa de Wilson en términos más generales indica que Rove y Libby le mintieron al vocero de la Casa Blanca Scott McClellan, quien le transmitió a la prensa su categórica negativa a ser involucrados en algún aspecto del asunto.

Mediante sus idénticas y astutas defensas, ambos funcionarios de alto nivel están intentando eludir el alcance relativamente corto de la Ley de Protección de Identidades de la Inteligencia. Maliciosamente le dijeron a los reporteros que la esposa de Wilson trabajaba para la agencia y le permitieron a los periodistas olfatear el resto.

Basándose en sus habilidades, Rove y Libby pueden eludir las acusaciones o superar a las que les sean arrojadas. Pero no deberían ser capaces de escapar al hacha del presidente. En el aislado y abstracto mundo de Washington, la lucha política ha sido vista durante mucho tiempo tan solo como una pura diversión. Pero este no se trata solo de un caso en el que la Casa Blanca le responde a sus críticos, como lo sostienen los simpatizantes de la administración. El juego de pelota político puede tener graves consecuencias en el mundo real. La circunstancia de exponer a los agentes de la CIA puede hacer que personas resulten asesinadas. En este caso, el peligro no es tanto para Plame, quien aparentemente trabajaba para la CIA sobre cuestiones de no-proliferación de armas, sino para todos sus contactos e informantes en las naciones en desarrollo quienes podrían ser muertos, torturados, o encarcelados por tener contacto con una agente de la CIA estadounidense Así, esta clase de travesuras políticas puede minar a los futuros y constructivos esfuerzos de inteligencia para obtener información sobre la peligrosa proliferación de armas de destrucción masiva alrededor del mundo.

Para una administración que acusa a los críticos de la Guerra de Irak de “antipatrióticos,” la cínica exposición de una oficial encubierta de la inteligencia estadounidense por parte de funcionarios de la administración es el pináculo de la hipocresía. Dada mi posición para con la guerra, soy renuente a impugnar el patriotismo de alguien. Pero lo que perpetraron Rove y Libby no fue una mera desavenencia sobre una política. Los funcionarios gubernamentales que fuesen verdaderamente patrióticos jamás perjudicarían los esfuerzos en materia de inteligencia de la nación ni pondrían en peligro las vidas de individuos que asumen un gran riesgo al ayudar a proteger a este país.

La sabiduría convencional es la de que el Presidente Bush nunca despide a nadie. Eso no es cierto. Desdichadamente, comúnmente despide a quienes dicen la verdad que se aparta del giro oficial de la Casa Blanca—por ejemplo, al General Eric Shinseki, el Jefe de personal del Ejército, por sostener que cientos de miles de efectivos serían necesarios para ocupar Irak, y a Larry Lindsey, el economista en jefe del presidente, por su estimación de que la guerra en Irak costaría $200 mil millones (billones en inglés.) Esta vez el presidente debería despedir a algunos de los mentirosos que han sido leales a la Casa Blanca pero desleales a la nación.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Asociado Senior y Director del Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.



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