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Enfrentando las consecuencias de la guerra de EE.UU. en Irak
2/5/2003
Robert Higgs

Mi ensayo, “Algunos Están Llorando, Algunos No,” es una invitación a que la gente enfrente directamente algunas de las consecuencias que el gobierno de los EE.UU. ha generado con su invasión a Irak. Evidentemente, mi invitación tocó un crudo nervio en mucha gente, dado que he estado recibiendo bastante correo hostil en vista de la misma. Para poner a un lado a todos aquellos que la rechazan (y a mi) en base a razones de Neandertal, la idea central de este tipo de correo se encuentra en gran medida expresada en las siguientes líneas:

“Existían cientos de miles de Iraquíes, incluyendo niños, que eran encarcelados, torturados, mutilados, y asesinados por el régimen de Saddam. Además, dichas violaciones a los derechos hubiesen continuado si se le hubiese permitido continuar a su régimen. Usted no puede ignorar todo esto sin ofrecer argumentos falsos.”

En respuesta, destacaría en principio que es incorrecto tomar acciones que matan y mutilan a gente inocente. Punto. Es simplemente incorrecto, ya sea que la perspectiva ideológica de uno sea libertaria o cualquier otra cosa medianamente civilizada. La mejor cara que uno puede poner al realizar tales acciones es la de que cometiendo dichas equivocaciones, aun males mayores serán prevenidos. En el presente caso, efectuar tal reflexión con alguna aproximación que garantice estar bien fundamentada, requiere de facultades que ninguno de nosotros posee.

¿Cómo puede alguien conocer, por ejemplo, cuál hubiese sido el daño futuro causado a sectores inocentes por Saddam y sus secuaces, o que ésos daños, de alguna manera correctamente sopesados y descontados, son mayores que los daños provocados por las fuerzas armadas de EE.UU. en su invasión de Irak? Tales juicios encienden tanto especulaciones fácticas como aditamentos subjetivos los que se encuentran, en el mejor de los casos, abiertos a un serio cuestionamiento. Aquí en los Estados Unidos, lejos de la escena y sujetos a un constante bombardeo de desinformación por parte del gobierno y de los medios, la gente se encuentra extremadamente mal posicionada para arribar a conclusiones bien informadas sobre Irak en cualquier caso.

¿Cómo sabemos que, ahora que el viejo régimen Iraquí ha sido ahuyentado, los daños supuestamente prevenidos no tendrán lugar incluso bajo un nuevo régimen? ¿Se ha simplemente evaporado toda la gente cruel que pobló Irak en épocas pasadas? Apenas pienso eso. Es enteramente posible que nuevos crímenes continúen siendo perpetrados contra sectores inocentes en Irak. De hecho, apostaré a ello con fuertes probabilidades. Por otra parte, las fuerzas de ocupación de los EE.UU. parecen haber caído ya en el patrón de disparar contra los integrantes de las muchedumbres—algunos de ellos niños—que protestan contra la presencia de EE.UU.: de este modo, nuevas equivocaciones continúan apilándose sobre las anteriores diariamente, y con toda probabilidad continuarán apilándose en los años por venir. Extrañamente, Saddam se ha ido, pero no todo es dulzor y luminosidad en Irak.

Supongamos, a los fines de la discusión, que uno concede que la remoción del viejo régimen iraquí fue una acción moral, considerando todas las variables. De esta asunción, no surge que alguna y todas las acciones presumiblemente tomadas en el servicio de la meta ostensible sean en sí mismas moralmente inobjetables. Esparcir bombas de dispersión sobre áreas habitadas por civiles, por ejemplo, fue inexcusable: hacerlo no era en modo alguno necesario para expulsar al gobierno de Saddam. Ni fue el uso de bombas de muy alto poder explosivo (2.000 libras y más grandes) en áreas urbanas densamente pobladas, un medio que uno pueda defender moralmente. Con solamente un atisbo de pensamiento, uno puede pensar en todas las clases de maneras en las cuales los Estados Unidos hubiesen podido derrocar al régimen de Saddam sin causar tanto daño a inocentes. El gobierno nos dice permanentemente cuan cuidadoso y humano ha sido en sus operaciones militares en Irak, pero esta línea oficial es propaganda despreciable. Tampoco debería el gobierno ser excusado por sus crímenes, simplemente porque otros gobiernos en otras ocasiones se han comportado aún más compiscuamente (por ejemplo, el gobierno de los EE.UU. en su primera guerra contra Irak en 1991). La prueba de no-tan-malo-como-Dresden-o-Nagasaki no es, deberíamos decir, una muy exacta.

Para algunos, la concesión de que el viejo régimen Iraquí debía ser removido es suficiente para justificar todo lo realizado bajo la rúbrica de “hacer la guerra.” Pero pronunciar el conjuro “guerra” no hace nada por remover las restricciones morales aplicables a sus acciones. Lo que es incorrecto en la paz es incorrecto en la guerra. Esta máxima de ninguna manera constituye una rechazo a ver que en las guerras deben hacerse “opciones difíciles.” Opciones difíciles siempre deben ser hechas. Los seres humanos han desarrollado códigos morales precisamente porque precisan dirección al efectuar tales opciones. Cuando los gobiernos van a la guerra, quisieran que sus súbditos hiciesen a un lado todo lo que han creído sobre la moralidad y sustituirla por una aceptación servil de lo que fuese que el gobierno manifieste como necesario a fin de “ganar la guerra.” He estado horrorizado al ver cuántos libertarios, de toda la gente, han caído en esta manipulación del gobierno durante el último año y medio. Mejor que otros, los libertarios debiéramos apreciar que la guerra ha sido la salud del estado, incluyendo al estado de los EE.UU., y que todas dichas guerras constituyen, directa e indirectamente de incontables maneras, pasos posteriores hacia la continuación de nuestra propia esclavitud.

Finalmente, desearía simplemente puntualizar otra vez que mi ensayo intentó también vivificar el contraste entre los sufrimientos de los inocentes en Irak y las bendiciones que ahora están siendo disfrutadas por Bush y compañía, quienes dirigieron estos horrores. Si la situación realmente ha sido trágica, en la cual grandes errores tuvieron que cometerse a efectos de prevenir aun males mayores, entonces el único sentimiento humano para exaltar del evento es uno de profunda tristeza, porque, después de todo, sin importar la aparente justificación, uno ha cometido grandes equivocaciones. Bush, Rumsfeld, Cheney, y el resto de la pandilla, sin embargo, no se encuentran vencidos de dolor. Están ahora cenando con los gatos gordos en el sendero de la campaña. Uno necesita enfrentar estas realidades concretas; la guerra no se trata de abstracciones. Ahora que su primera fase ha terminado, algunos seres humanos se encuentran de luto, pero otros la están pasando bárbaro. La gente debe pensar sobre esa situación, y sobre el hecho de que la muchedumbre pasándola bien está formada precisamente por individuos cuyas acciones causaron las muertes y las lesiones por las cuales otros se encuentran de luto.

El periódico de esta mañana (1º de mayo de 2003) destaca una declaración hecha a los cronistas por el Teniente General Jay Garner, el virrey de los EE.UU. en Irak, tal como sigue: “Todos ustedes están divulgando mucho sobre algunas demostraciones, y sí, hay algunas demostraciones. . [Pero] Caray, compañeros, debemos golpear nuestros pechos cada mañana. Debemos mirarnos en el espejo y estar orgullosos y aspirar en nuestros vientres y sacar pecho y decir, ‘Caray, somos Estadounidenses,’ y sonreír.” Dadas las circunstancias, si esto no es obsceno, entonces la obscenidad no existe.

Traducido por Gabriel Gasave


Robert Higgs es Investigador Asociado Senior en Política Económica y Editor General, The Independent Review, autor de Against Leviathan y Crisis and Leviathan, y director del journal académico trimestral, The Independent Review.




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