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Realmente una aventura militar peligrosa
20/2/2003
Ivan Eland

Las recientes manifestaciones a través de todos los Estados Unidos contra la guerra que se avecina con Irak reflejan claramente la ansiedad cada vez mayor del pueblo estadounidense sobre la perspectiva del remoto conflicto que involucrará a las fuerzas de los EE.UU. Observadores imparciales destacaron que, a excepción de pequeños grupos marginales, los manifestantes eran pacíficos y representaban a un amplio espectro de la demografía nacional—jóvenes y viejos, varones y mujeres, negros, blancos y de color, nuevos y viejos inmigrantes. Los nuevos números de las encuestas revelan que una mayoría de estadounidenses—un sólido 56 por ciento—piensa que el presidente debería conseguir la aprobación de la ONU. antes de lanzar un ataque contra el régimen de Saddam Hussein. Y aún más preocupante para la Casa Blanca es descubrir que menos de la mitad de los encuestados, o un 47 por ciento, afirmó que aprobaban la conducción del presidente en la política exterior.

La aprobación de las Naciones Unidas es especialmente problemática debido a que Francia, China o Rusia serían proclives a vetar tal resolución. Además, Francia, un supuesto aliado, está esgrimiendo el espectro del “neo-imperialismo” en referencia a lo que ellos ven como una aventura imprudente de EE.UU.. Escogiendo inicialmente la ruta de la ONU para llegar a Bagdad, la administración de Bush arriesga ahora todo el importante apoyo popular interno tomando el atajo de un ataque salvaje contra una nación soberana.

En una democracia, el apoyo público para cualquier guerra es fundamental para su éxito, particularmente si las cosas no marchan según lo esperado. Ello a menudo ocurre porque las guerras por naturaleza son caóticas e imprevisibles. El gobierno de EE.UU. y el bochorno publico con recientes “paseos” en la Tormenta del Desierto, Kosovo, y Afganistán han hecho olvidar hoy por hoy que las guerras pueden a veces prolongarse, y las pérdidas pueden ser mucho más sangrientas de lo previsto. Las prolongadas e inimaginables matanzas en la Guerra Civil y en la Primera Guerra Mundial continúan frecuentando los anales de la guerra. El apoyo inicial del público para la Guerra de Vietnam fue elevado durante 1965 y 1966, pero se desgastó tras la Ofensiva Tet inspirada por los vietnamitas del Norte en 1968. Aunque dos tercios de los americanos apoyan la guerra como una opción, esos números se desploman si los EE.UU. sufren un alto número de muertes militares, infligen numerosas muertes entre los civiles iraquíes, o se empantanan en una guerra larga y costosa con la ocupación de Irak. Por lo tanto, el apoyo del público para una invasión de Irak es suave, presagiando graves problemas para la administración si su aventura militar no resulta según el plan.

Y el público debe estar escéptico ante tales aventuras. Antes del 11 de septiembre, las guerras conducidas por los presidentes tenían consecuencias domésticas que parecían manejables. Por ejemplo, la invasión de Panamá de la primera administración Bush, y el ataque en Somalia y el bombardeo de Serbia de la administración Clinton tuvieron poco impacto en el corto plazo sobre el estadounidense medio. Pero los golpes terroristas del 11 de septiembre demostraron que el odio hacia los Estados Unidos generado por tales excursiones podría tener repercusiones desastrosas aquí en el país. Por ejemplo, la presencia militar innecesaria de EE.UU. en Arabia Saudita motiva a al Qaeda para atacar los objetivos de EE.UU.. El daño físico y la pérdida de vidas de ésos ataques -aunque espantosos- pueden no ser sus peores efectos domésticos.

Históricamente, las guerras civiles y los ataques contra el territorio de las naciones han tenido efectos domésticos perjudiciales aun mayores que las guerras imperiales en ultramar. Pero cuando las aventuras de ultramar dan lugar a ataques contra el territorio de una nación de otra manera invulnerable—especialmente cuando un enemigo no visto procura infligir víctimas civiles masivas (quizás con armas nucleares, biológicas, químicas o radiológicas)—tales efectos domésticos se tornan mucho más severos. Por ejemplo, después tanto de la bomba en el World Trade Center en 1993 como de los ataques contra esos mismos edificios en 2001, el temor a ataques terroristas generó leyes y acciones ejecutivas que restringieron severamente las libertades civiles de los norteamericanos En el caso más reciente, el Congreso aprobó la Ley del PATRIOTA de los EE.UU. y la administración prometió cortes militares secretas y detenciones ilimitadas de los ciudadanos de Estados Unidos sin juicio o sin la provisión de un abogado. Un borrador de legislación del Departamento de Justicia amenaza medidas draconianas adicionales.

Tales restricciones opresivas se encuentran más cómodas en la ex Unión Soviética que en el hogar del libre y del valiente. ¿Y qué negociamos a cambio del recorte de nuestras libertades? Si todo va bien—y ese es un gran “si”—una invasión exitosa de Irak gana solamente ventajas marginales en el tablero de ajedrez del Oriente Medio. El término “seguridad nacional” habrá dado un vuelco si el territorio de los Estados Unidos, sus ciudadanos y su manera de la vida están peligrando para que la elite de la política exterior en Washington pueda proteger a Israel, arrebatar el petróleo, y vengarse de las transgresiones de Saddam contra Bush padre. Debemos recordar que Irak es una nación pobre y pequeña, a mitad de camino alrededor del mundo—sin ninguna conexión probada con los ataques del 11 de septiembre—que, si se la deja sola, presentaría poca amenaza para los Estados Unidos. Saddam podría ser disuadido y contenido por la comunidad internacional - como lo ha estado por más de una década antes del 11 de septiembre.

Tales hechos son los que subyacen en la vaga ansiedad del pueblo estadounidense acerca de una invasión de Irak, la que se refleja en los resultados de las encuestas. La administración Bush ignora a este gigante durmiente en su propio peligro.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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