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Defenderse atacando: Ir tras los terroristas amenaza con desparramar demasiado a las fuerzas militares de los EE.UU.
3/2/2002
Ivan Eland

Durante su campaña para presidente, George W. Bush criticó a la administración Clinton/Gore por presionar a las fuerzas armadas de los EE.UU. con demasiados despliegues en el exterior y prometió reducir esas obligaciones militares. Sin embargo, en nombre de combatir al terrorismo, él se encuentra ampliando más rápidamente la presencia militar de los EE.UU. en ultramar de lo que Bill Clinton soñó jamás hacer. Como resultado de la guerra contra el terrorismo, los Estados Unidos tendrán una presencia militar en países asiáticos centrales como Afganistán, Uzekistán y Kyrgyzstán en el futuro próximo. Además, los Estados Unidos están enviando consejeros o ayuda militar a las Filipinas, a Indonesia y a Yemen. Según Condoleeza Rice, la consejera de seguridad nacional del presidente, la guerra en Afganistán enseñó a los Estados Unidos que las relaciones de seguridad con los países en todo el mundo—tanto prominentes como oscuros—cosecharían beneficios si una crisis tiene lugar. Los Estados Unidos pueden pronto atacar objetivos en Somalia e incluso intentar quizás derribar al régimen de Saddam Hussein en Irak. A la inversa, solamente en Bosnia la administración Bush ha estimulado reducir a las fuerzas estadounidenses y de la OTAN. Resumiendo, tras más de una década desde que finalizara la Guerra Fría, la presencia militar de los EE.UU. en el exterior se encuentra aún ampliando rápidamente.

Por supuesto, los apologistas incondicionales de la administración defenderán su política de un giro de ciento ochenta grados aduciendo que los ataques terroristas catastróficos contra el territorio de los EE.UU. justifican un perímetro ampliado de la seguridad estadounidense. Los defensores adoptan la perspectiva militar, creyendo que los Estados Unidos deberían siempre defenderse atacando y darle pelea al enemigo. Además, tan sólo vea lo que sucedió cuando los Estados Unidos abandonaron Afganistán después de que los rebeldes islámicos ganaran su guerra contra la Unión Soviética, dicen ellos.

En el corto plazo, es cierto que los monstruosos ataques terroristas contra miles de civiles merecen una respuesta militar robusta. En el largo plazo, en la era del terrorismo catastrófico, un perímetro de defensa extendido y una reiterada interferencia en los asuntos de otras naciones podría reducir la seguridad de los EE.UU., antes que realzarla. Con la desaparición de la Unión Soviética, los beneficios de las libertinas intervenciones de los EE.UU. en el exterior han precipitadamente declinado y los costos se han súbitamente elevado. Durante la Guerra Fría, para comprobar la influencia de una superpotencia rival inclinada a la dominación del mundo, un argumento mejor podía invocarse para las intervenciones estadounidenses en el exterior. Los costos de tales intervenciones eran realmente más bajos que en la actualidad, debido a que la presencia de armas nucleares hacía que las dos superpotencias manejasen el conflicto cuidadosamente—es decir, cada superpotencia intervendría solamente en áreas periféricas antes que en las regiones percibidas como vitales por la otra superpotencia. Ahora, la necesidad de la intervención es mucho más baja y el conflicto con los terroristas radicales y suicidas no puede ser manejado del todo. Además, el defenderse atacando no funciona tampoco contra los terroristas como lo hace en las guerras convencionales con los estados-nación. Los terroristas pueden boyar de estado a estado, acechar en las sombras y atacar a la patria estadounidense cuando, donde y como lo escojan. De hecho, un perímetro extendido de la defensa de los EE.UU. con el acompañamiento de sus intervenciones militares libertinas puede actuar como una bengala encendida para los ataques vengativos de los grupos terroristas desafectos.

De acuerdo con la Junta de las Ciencias de la Defensa,

Como parte de su posición de poder global, los Estados Unidos son llamados frecuentemente a responder a las causas internacionales y a desplegar fuerzas alrededor del mundo. La posición de los Estados Unidos en el mundo invita al ataque debido simplemente a su presencia. Los datos históricos demuestran un fuerte correlato entre la participación de los EE.UU. en situaciones internacionales y un incremento en los ataques terroristas contra los Estados Unidos.

Como un poderoso ejemplo de esta conexión entre la política exterior de los EE.UU. y el terrorismo, la razón principal de Osama bin Laden para conducir una guerra mundial contra los objetivos estadounidenses es la presencia militar de los EE.UU. en Arabia Saudita, la cual él considera que profana los sitios santos del islam dentro de sus fronteras, y el apoyo estadounidense a lo que él estima como el gobierno corrupto e infiel arabe saudí.

El establishment de la política exterior estadounidense rehúsa reconocer que las intervenciones de los EE.UU. han llevado a que casi el 50 por ciento de los ataques terroristas del mundo sean dirigidos contra objetivos de los EE.UU.. Pero el resto del mundo, puede más objetivamente evaluar por qué los Estados Unidos son desproporcionadamente atacados. Según una encuesta reciente entre las élites políticas, empresariales y de los medios de comunicación en cinco continentes, los Estados Unidos son admirados como la tierra de la oportunidad y de los ideales democráticos. Pero la mayoría de las élites fuera de los Estados Unidos afirmaron que las políticas y las acciones estadounidenses en el mundo eran las responsables de los ataques del 11 de septiembre. En contraste, solamente un pequeño número de las élites estadounidenses pensaban lo mismo.

Pero en una era de catastrófico terrorismo—puesto en crudo relieve el 11 de septiembre—la administración Bush—contrariamente a su inicial y correcta intuición—ha seguido el consejo de esas élites y se ha embarcado en un sendero peligroso. Expandiendo el perímetro ya extendido de la defensa, reducirá la seguridad de todos los estadounidenses en vez de realzarla.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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